
POR NAVIDAD 2014
2 de 6 - Lera
Este año no está en Granada para verlo pero ya la han decorado. En el mismo centro, como desde hace varios años, han puesto el árbol de hierro y plástico y todo lo han vestido con cientos de pequeñas bombillas de colores. Lo llaman el pino de la Navidad en la plaza de Bib- Rambla, en el corazón de Granada pero de pino solo tiene la forma. A los lados de la plaza, rectangular y con árboles de verdad y muchos restaurantes, han instalado el mercadillo. Como otros años y da la impresión que hasta son los mismos puestos de turrón, belenes de corcho y plástico, adornos para la decoración en las casas por estas fiestas, caramelos, bombones, quesos y chorizos. Lo mismo exactamente que el año pasad y que el anterior.
En el lado que en esta plaza da al sol de la tarde, sigue el mismo puesto de flores y las terrazas de los restaurantes que cuando aquel año estaba. Y también sigue ahí, en la esquina de este lado izquierdo de la plaza y hasta mantiene el mismo nombre, las mismas mesas y se decora de igual forma, a pesar del tiempo que ha transcurrido ya. Y él, alguien que nadie conoce porque con nadie por aquí se para, pasa cada tarde por este mismo sitio. En silencio recorre la plaza, observa los cambios que de vez en cuando hacen y al llegar al restaurante de la esquina, se para, mira despacio durante un buen rato, piensa en ella y hasta cree verla entrando y saliendo por la puerta de este restaurante con las bandejas donde portaba las cervezas para los turistas. Se le ve triste pero a nadie dice nada. Sabe que ya hace muchos, muchos años que falta no solo de este restaurante, plaza y ciudad de Granada sino también de España.
Es de una ciudad rusa conocida con el nombre de Kazán, junto al río Cama que desciende de los Urales y la conoció al comenzar el curso universitario. Llegó a esta ciudad desde su lejano país, para estudiar traducción e interpretación en la Universidad de Granada. Joven, con solo veinte años, alta, delgada, pelo dorado y ojos claros, rostro fino y tez algo blanca, muy hermosa y alegre. Estudió duro a lo largo de todo el curso y al terminar estos estudios, se enamoró de un joven también ruso. Se fue a vivir con él a un pueblo blanco al norte de Granada y durante todo el verano, compartieron el trabajo del restaurante en un bloque de pisos de lujo. Al acabar el verano, él viajó a su país, Rusia y a su ciudad, Irkutsk. Ella no pudo acompañarlo porque no tenía dinero suficiente para un desplazamiento tan largo y regresar. A ella, lo comentaba con mucha frecuencia que le gustaba mucho España y no le atraía nada regresar y pasar el resto de su vida en su lejano y blanco país.
Se quedó sola, a lo
largo del verano, viviendo en una vieja casa en el mismo pueblo y lo esperaba.
Pero al comenzar el nuevo curso, recibió la noticia: el joven con el compartía
su corazón, sueños y horizontes en la vida, había muerto. En un vuelo que hacía
desde Moscú a Irkutsk, el corazón se le paró. Lo lloró y junto con la madre de
este joven, viajó a Rusia, donde la familia incineró su cuerpo y regresaron
luego a Granada abrazada a la hornacina donde traía las cenizas de su
enamorado. En un pequeño pueblo en el altozano granadino, lo enterraron. Triste
la joven decía a sus conocidos:
- Es que a Sergi le gustaba mucho este pueblo. Siempre me decía que tiene
un gran parecido con los pueblos blancos de la Siberia rusa, su tierra.
Unos días después,
ella buscó trabajo y lo encontró como camarera en el restaurante de la esquina
de esta plaza. Y él, el que ahora la recuerda siempre que por la plaza camina,
desde el primer día que la conoció, no perdió en ningún momento el contacto con
ella. Porque le parecía una muy hermosa criatura, con enormes ganas de
encontrar un hueco en la vida, con muchas fuerzas para luchar y con un corazón
de oro. La veía débil y sabía que necesitaba, además de cariño y respeto, apoyo
y mucho ánimo. Por eso la consoló en los apagados días de su tristeza por el
amigo perdido. Le ayudó en lo que pudo y, hasta varias veces, le aconsejó que
volviera a su ciudad y con los suyos. Pero ella siempre le argumentaba:
- En mi país no tengo futuro ninguno. Seis meses a lo largo del año, las
nieves cubren todo y tanto en mi ciudad como en el país entero. No encuentro
allí la libertad que ansía mi corazón y sí creo que hay aquí en España ni
tampoco el mismo nivel de vida. No quiero volver nunca más a Rusia aunque mi
corazón siempre parece latir por allí.
Durante todo aquel
otoño, luego a lo largo del invierno, por Navidad y en verano, casi todos los
días pasaba por el restaurante de la esquina en la plaza Bib- Rambla. Solo para verla,
saludarla, si se presentaba la oportunidad y charlar con ella un momento. No
podía darle muchas cosas pero casi siempre le traía algo de fruta y otros
alimentos. Y en varias ocasiones, hasta compartía con ella y unas amigas, cerezas
de Güejar Sierra. Con frecuencia ella comentaba:
- Lo estoy pasando mal y cada día me gusta menos el
trabajo que tengo. Tú fíjate que poseo un título universitario en el idioma
español y en inglés y estoy trabajando de camarera ganando cuatro euros. ¿Qué
futuro es este para mí?
Y como él comprendía la gran dificultad que estaba
viviendo, callaba. Se moría en deseos de hacer algo pero de ningún modo podía.
Por eso se limitaba a darle compañía, escucharla, compartir cosas de escaso
valor y nada más. Pero en su corazón sufría viendo lo duro que la vida la
estaba tratando.
Y una
tarde de verano, ella le dijo:
- Dentro de tres días me marcho a Londres.
- ¿De viaje?
- En busca de una vida mejor. Quizá allí encuentre un
trabajo digno porque a mi país ya sabes que no quiero volver.
- Pues ojalá tengas suerte y realices por fin tus sueños.
Tres días después, se marchó de granada y de España. Durante algún tiempo tuvo algunas noticias de ella pero luego, enmudeció. Seguía pensando que quizá habría tenido suerte y era feliz en Londres y en este gran país. Pasó el tiempo, un año y otro año y él cada día volvía por esta plaza de Granada. Siempre pasaba por la puerta del restaurante de la esquina y al recordarla, miraba con el deseo de verla. Pero sabía que no sucedería esto ni siquiera ahora, cuando un año más, la Navidad llega. Pero la plaza ya la han decorado esta hasta con el árbol artificial. De ningún modo valioso para él porque la recuerda y ni siquiera sabe dónde está en estos momentos, si es feliz o si Dios ya se la ha llevado de esta vida. Porque piensa, en algunos momentos, que quizá puede haber muerto.