
421- REFLEXIÓN OTOÑAL
Al oscurecer brillaron los relámpagos. Por el horizonte al norte de Granada y unas horas más tarde cayeron las primeras gotas. Las primeras lluvias del otoño recién llegado después del caluroso verano largo y seco. El aire se impregnó de olor a humedad, a musgo revivido y a hojas secas de otoño.
Al amanecer se incorporó, se dejó envolver por los gritos del mirlo en el acebo, contempló el paisaje como renacido de una fresca y hermosa realidad y luego elevó sus miradas al cielo. Todo azul y muy limpio y en ese momento las recordó. Las dos jóvenes estudiantes universitarias que solo unas horas más tarde se marcharían para siempre de Granada y de este rincón de la Alhambra. Se dijo mientras pensaba en ellas y ahora empezaba a echarlas de menos: “Dejáis en Granada vuestros pasos, las cándidas miradas que derramasteis por los mil rincones de esta ciudad y los jóvenes latidos de vuestros corazones. Volveréis a vuestro hermoso y lejano país y ahora os recuerdo y hasta estoy triste y lloro en silencio vuestra marcha. Quiera el cielo bendeciros, hermosas jóvenes y que la vida os premie con los más excelso, bello y bueno. La vida es en todo momento, despedida y recibimiento de nuevas realidades. Y hoy, ahora mismo, llegan de nuevo las lluvias de otoño y vosotras os marcháis de esta singular ciudad de Granada. Buen viaje y mucha suerte en vuestro rincón del mundo y encuentro con el futuro”.
Se apartó de la ventana, recorrió la estancia y poco después salía de su casa. Recorrió las calles, pasó por los caminos que discurren a los pies de la Alhambra, con un brillo especial en este nuevo día de otoño y otra vez pensó en ellas. Unas horas después salía de la ciudad dirección a los paisajes al sur de Sierra Nevada. Atravesó las tierras tapizada de castaños, viñas, almendros y morales y al mediodía llegaba al blanco pueblo. El recogido pueblo asentado en la ladera y eternamente asomado al profundo barranco y como esperando la llegada del gran día especial. Saludó a los que caminaban despacio por las empinadas calles y avanzó hasta llegar al hermoso mirador. En este sitio detuvo sus pasos, miró meditando y descubrió la pequeña casa y el viejo moral clavado en la misma puerta. Y sin saber cómo le pareció verla sentada ahí. Con una cestita de esparto llena de negras moras dispuesta a compartirlas.
A los que iban y venían por las
pequeñas calles, al acercarse a ella, los saluda afectuosa y les dice:
- Las acabo de
coger de este viejo moral mío. Son las últimas moras de este año porque el
otoño, como estáis viendo, ya está aquí. No hay frutos mejores que estos en
todo el mundo. Tomad y probarlas.
Desde el
pequeño mirador por entre las últimas casas del pueblo y como colgado sobre el
gran barranco, imagina a esta encina y le parece verla tal como en aquellos
días. Pregunta al hombre mayor que despacio se acerca:
- ¿Sabes tú
algo de aquella anciana, su blanca casa y el moral en la puerta?
- Todos los que
vivieron y vivimos en este pueblo, sabemos la historia de esta anciana. Fue
buena, hermosa en su interior y cuerpo e irradiaba una dignidad muy serena y
honda. Nunca conocimos persona igual ni
en este pueblo ni por ningún otro rincón de la tierra.
- ¿Por eso aún se
conserva por este lugar su pequeña casa y su viejo moral en la puerta?
- Parece como si el
tiempo no hiciera mella ni en su bonita casa ni en el viejo árbol que ella
misma sembró y ha cuidado a lo largo de toda su vida.
Despidió al hombre mayor y por la pequeña calle siguió avanzando. Cuando llegó la puerta, bajo el moral vio las primeras hojas que el otoño y la lluvia de la noche pasada, habían dejado caer al suelo. Cogió un puñado de estas hojas, las extendió por la palma de su mano, las olió despacio y al percibir el perfume a lluvia y a otoño, de nuevo vino a su mente la imagen de las dos jóvenes universitaria que dentro de unas horas se marcharían de Granada a su lejano país y para siempre. También pensó que dentro de unos días caerían las primeras nieves sobre las cumbres de Sierra Nevada, en este momento a su derecha. Se dijo de nuevo: “Después de un año en Granada ellas se marchan para siempre. Se ha ido el verano y llegan las lluvias y el otoño con sus mágicos colores, olores íntimos y blancas nieves sobre las cumbres. Permanece por aquí el perfume y el recuerdo de aquella mujer repartidora de moras en la puerta de su casa en este tan bonito y níveo pueblo al sur de Sierra Nevada. Nada dura para siempre en este suelo pero sí la bondad y belleza de los corazones de las personas, subsisten eternos, saltando de un día a otro y por entre los colores y lluvias del otoño. Después de todo y al final, esto es lo fundamental en la vida y almas de las personas, lo verdaderamente valioso y lo que de verdad importa”.