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romi
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Los membrillos de oro

17 de Agosto de 2014 a las 13:36
Bubok

417- LOS MEMBRILLOS DE ORO

Los sueños, son ventanas a la eternidad,

corazón del gozo y de lo bello.

Tanto como ahora, por unos sitios y otros, muchos se preocupan de las cosas del pasado y aun todavía nadie sabe dónde estuvo. En sus tiempos, fue un edificio pequeño, construido de piedra y rematado con algunas torres también de piedra. Se alzaba al final de una pequeña ladera y, en lo hondo pero no muy lejos, corría un río. Sus puertas y ventanas, miraban a las montañas de Sierra Nevada, por donde el río Genil ahora se desliza. Y, un poco a la derecha de este edificio situado en la puerta frente a las nieves de las cumbres, se alzaba un cerro muy singular. Como una pequeña montañas, poblada en sus partes bajas de encinas, robles, majoletos, almeces castaños.

Estaba, esta montaña, como partida por la mitad, era algo alargada y en su cresta, justo en el centro y en todo lo alto, se formaba como una ondulación. Algo así como el lomo del camello bactriano doméstico, Camelus bactrianus. En cuya curva entre las dos gibas, había un bonito prado. Un trozo de terreno llano donde y a lo largo de casi todo el año, crecía la hierba y florecían mil pequeñas plantas silvestres. También, esta pequeña pradera de fresca hierba, era como un particular y gran mirador hacia el claro río que se deslizaba por lo hondo, hacia los amaneceres por encima de las cumbres de Sierra Nevada y hacia estas cumbres mismas y las blancas nieves.

A la derecha de esta pequeña pradera de fresca hierba, crecían tres membrillos. Árboles pequeños que casi todos los años daban frutos muy lustrosos y que recogían algunos de los habitantes de la casa de piedra. Y aquel verano, la niña de unos diez años que vivía con sus padres en la bonita casa, se entusiasmó mucho con los frutos de estos árboles. Le decía a la madre:

- Cuando llegue el otoño, yo quiero subir a esa montaña para coger con mis propias manos esos dorados frutos con tonos de caramelo. Me gusta mucho su color oro nuevo y el perfume que desprenden.

- Pues si este es tu deseo, un día y cuando ya terminen de estar maduros, vamos y los cogemos.

Se acercó el otoño y cada mañana al salir el sol, se le veía a la pequeña asomada a la puerta de su casa. Frente a las montañas, abría sus brazos y por completo entusiasmada con el paisaje que al fondo se abría, gritaba y también le decía a la madre:

- Imágenes más grandiosas, llenas de colores y luz y que recojan tantos misterios, nadie puede verlas en ningún lugar del mundo. Estas montañas nuestras son el cielo más bonito que nadie haya imaginado.

Y la madre ratificaba:

- Desde luego que es cierto. Cuando el otoño llega por estos rincones de Granada, todo es como un dibujo fantástico. Los silencios, los colores, las luces y aromas que reflejan y regalan estas montañas, son como la antesala de paraísos nunca imaginados.

Y la niña aprovechaba el momento para preguntar a la madre:

- ¿Habrán ya madurado los membrillos del prado de la montaña?

- Si no lo han hecho, les quedará poco. Un día de estos vamos a ir a verlos.

Y al día siguiente de esta conversación, un hermoso amanecer de otoño, la pequeña salió a la puerta de su casa, saludó al nuevo día con su entusiasmo de siempre y luego, sin decir nada a nadie, buscó un caminillo y lentamente se puso a remontar la montaña de los membrillos. Llegó al collado de la hierba, a media mañana, justo cuando el sol iluminaba muy brillante, llenando de luz toda la pradera, las dos pequeñas montañas a los lados y toda la inclinada ladera que caía hacia el río. De los membrillos colgaban los frutos con tonos color oro, muy sanos y esparciendo perfume. Sin pensarlo mucho, se subió a uno de estos árboles y se puso a coger los mejores membrillos que en las ramas se mecían. Revolotearon los mirlos y cacarearon las urracas al descubrir lo que ocurría en el paisaje pero ella, entusiasmada se decía: “Cogeré los frutos más grandes y sanos y se los llevaré a mi madre para que me haga dulce de membrillo. Y mañana por la mañana, iré a la casa del pastor amigo mío y a su niño, le regalaré una buena cantidad de esta exquisita mermelada”.

Una de las ramas del árbol, no pudo con el peso de su cuerpo. Al coger el fruto que en el extremo colgaba, la rama se rompió, la niña cayó al suelo envuelta entre los membrillos y todos juntos, por la ladera hacia el río rodaron. Su pequeño cuerpo, como flotando en el aire y los membrillos, como dándole compañía y saltando de roca en roca y por entre los árboles. El pastor que en ese momento daba careo a su rebaño de ovejas cerca de las aguas del río, la vio rodar por la ladera y luego la vio caer en las aguas junto con los membrillos. Salió corriendo y cuando llegó a su lado, solo pudo comprobar que ni de su boca salía una hebra de aliento ni en su pecho latía el corazón.

En sus brazos la llevó hasta la casa de piedra y al ver el cuadro, la madre y los conocidos, la lloraron desconsolados. Al día siguiente la enterraron en el collado de la hierba y, justo un día después, todos los membrillos que colgaban de las ramas de los árboles, brillaban como el oro más fino. Algunos dijeron:

- Es que el cielo quiere, de esta manera, decirnos que la ha recibido en un paraíso tan bello como el que ella cada mañana contemplaba y soñaba desde la puerta de su casa, frente a las montañas.

Nadie se atrevió a coger ni una sola fruta de estos árboles, ni aquel día ni nunca. La bella casa de piedra, se quedó sin alegría y sin luz y por eso, pasado el tiempo, fue quedando por completo deshabitada. Poco a poco se hundió y desapareció para siempre. Pero por el lugar, el pastor del río y, muchos años después, algunas personas y al llegar el otoño, sí veían y dicen contemplar esta bellísima casa y a la niña en la puerta con sus brazos abiertos frente a los paisaje, saludando el nuevo día. Como si en el gran libro de lo inmortal, todo hubiera quedado fresco y puro en el mejor lugar de la eternidad.

   
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