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romi
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La niña del llanto

3 de Agosto de 2014 a las 14:52
Bubok

415- LA NIÑA DEL LLANTO

               Caía la tarde del último día de abril y hacía calor. Se le vio cruzar el puente del Aljibillo y tomar para la derecha. Por donde hay algunos aparatos para hacer gimnasia y tres bancos de hierro junto al muro del río. Al frente se veía el bosque que desde la muralla de la Alhambra cae para el río, las torres en todo lo alto, el azul intenso del cielo y algunas nubes decorando. Era primavera y por eso el vientecillo estaba cargado de esencias que se mezclaban con el rumor de las aguas del río.

               Antes de llegar al último banco que junto al muro mira para el edificio del Rey Chico, se asomó al cauce del río. Descubrió, en la hierba de la orilla sentados y a la sombra de los álamos, a varios jóvenes que se entretenían con sus perros y con los pies metidos en las claras aguas. Y estaba mirando para este rincón cuando la sintió llorar. Volvió su cabeza y la vio. En el primer banco de los dos que hay junto al muro, las dos estaban sentadas. La que enseguida imaginó que era la madre, no muy mayor pero sí de cuerpo grueso. Junto a ella, la figura de una niña que tenía su cabeza doblada, recogida entre las manos, las rodillas y las dos piernas.

               Se movió en busca del segundo banco, donde daba la sombra del almez y había pensado sentarse. La observó con más precisión al pasar frente a ella y sin pararse, le preguntó a la madre:

- ¿Por qué llora esta niña?

La mujer levantó su cabeza, lo miró como explorando y pronunció unas palabras en inglés. No entendió nada pero si vio que la pequeña, de unos diez años de edad, alzó su cabeza y también lo miró. Luego volvió a doblar su cuerpo y siguió llorando a la vez que pronunciaba palabras que tampoco entendía.

               En el segundo banco se sentó, sacó el cuaderno, cogió el bolígrafo y se puso a escribir. Sin apartar su mente de la niña que en el banco cercano lloraba al tiempo que la observaba como de reojo. Descubrió que su pelo era rubio, la piel de cara y manos, muy blanca y su cuerpo delgado. En el árbol que junto a este primer asiento crece, se oía cantar a un mirlo y por el arroyo que desciende por el barranco del Rey Chico, resonaban los trinos de un ruiseñor. De fondo se oía el rumor de la corriente del río y en todo lo alto saludaba la figura de la Alhambra.

               Se preguntó una vez más: “¿Por qué llorará esta niña en esta tan clara tarde de primavera y en este rincón tan especial de Granada?” Y recordó en este momento que justo por estos días en la Web de la Alhambra se anuncian algo que llaman “la ciudad de agua”. Doce postales sonoras y virtuales. Reflexionó en silencio mientras seguía oyendo a la niña que junto a él lloraba y a la madre desgranar palabras en inglés que no entendía. Y en su cuaderno escribió:

               “No sé quién eres y apenas de refilón acabo de ver tu cara. Y de alguna manera intuyo que eres frágil, tierno tienes tu corazón como la flor que brota y tu alma y cuerpo, limpios como las lágrimas que ahora mismo chorrean por tu cara. Si se me permitiera te regalaría un abrazo y te apretaría contra mi pecho. No puedo evitar sentirte bella como la más pura y fresca primavera. Por eso ya estoy sintiendo el vacío de tu ausencia, dentro de un rato, en este lugar de Granada. Porque te marcharás no en mucho tiempo y yo seguiré aquí sentando pensando en ti.

               Volveré también mañana y pasado y muchos días más a lo largo de mucho tiempo. Y te echaré de menos. Ya lo estoy notando. Pensaré en ti junto a este río de Granada y a los pies de la Alhambra y no tendré ni la más mínima esperanza de volverte a ver y menos de limpiar tus lágrimas y besar tu frente. Pero tengo que decirlo para que lo sepa el cielo: Yo también lloro cada día al tiempo que rezo a Dios y maldigo al que me daña. Y no puedo hacer nada para irme de su lado y que desaparezca de mi vida.

               Pero tú no te preocupes. Yo el pequeño y sin nombre ni apellido, ahora lloro por tus lágrimas y porque me gustaría abrazarte y consolar tu pena. Lloro por tu ausencia a partir de un rato y lloro por lo mucho que te echaré de menos cada vez que por aquí vuelva. Sabiendo que ni por ti ni por mí ni por el dolor que me duele dentro, podré hacer nada. Y ya ves qué viejo soy y lo cansado que de la vida me encuentro. Desde este banco, a través del aire y frente a la tarde con la Alhambra sobre la colina, te regalo un pequeño poema para que no se me olviden ni tus lágrimas ni este momento:

                                                          Un nido pequeño
                                               en mi corazón ya tienes
   y es sincero.
Tus lágrimas me duelen,
 ángel del cielo
y me duele saber 
que te echaré de menos
 a partir de ahora mismo 
y en cada momento.

                                                           Niña dulce y desconocida
y como de incienso,
 te regalo mi dolor   
y un limpio beso 
porque sueño jugar contigo 
un día en el cielo”.

 

   
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