
COMIENDO FRENTE A LA ALHAMBRA
Tenía un trozo de tierrecilla que usaba para sembrar algunas plantas. Algo así como un pequeño huerto con lo que se entretenía y de donde sacaba algunas hortalizas y frutas. Porque en este trozo de tierra, crecía una noguera, dos almendros, una higuera y un ciruelo.
Sembró aquel año, unas matas de tomates de la especie rosados, tres o cuatro matas de pimientos, hierbabuena, perejil, albahaca y dos matas de calabazas del peregrino: esas bonitas calabazas que tienen como dos cuerpos y en el centro un cuello y sirve para llevar agua, como en los tiempos antiguos. Todas estas plantas, al llegar el verano, le dieron una muy buena cosecha, tanto en cantidad, sabor, color y olor. Por eso, a lo largo de todo el verano, el hombre recogía cada día su cestica de tomates, berenjenas y pimientos. Y con su familia y amigos, con gusto compartía estos frutos.
Avanzó el verano y ya con el otoño también muy adelantado, una tarde revisó el trozo de tierra de su huerto. Al llegar a las tres matas de tomates cherry que junto a la higuera había sembrado, vio que de sus ramas aun colgaban un par de docenas de estos redodicos y sabrosos tomates enanos. Se dijo: “Voy a coger solo unos cuantos, los envuelvo en una servilleta de papel, me voy por las calles de Granada y, cuando me encuentre con alguien que me los aceptes, se los regalo”. Y sin pensarlo más, esto fue lo que hizo.
Despacio recorrió las calles de Granada, por las riveras del río Darro y por el barrio del albaicín. Miraba a las personas que se cruzaban con él y no encontraba la que buscaba para regalarle sus tomates. En el Puente del Rey Chico, estuvo sentado durante un buen rato y en todo momento observando. Iban y venían muchos turistas pero a ninguno se atrevía ofrecerle lo que en sus manos portaba.
Caía la tarde, abandonó el puente, caminó por la pequeña plaza del Paseo de los Tristes, siguiendo el muro que separa al río y al llegar frente al edificio del hotel Reuma, la vio sentada en uno de los bancos que aquí hay. Tenía sus piernas cruzadas, su pelo oro y azabache, brillaba frente a la Alhambra y era muy hermosa. Joven estudiante extranjera que sostenía en sus manos una pequeña fiambrera llena de comida. Saboreaba el alimento comiendo despacio mientras miraba a la corriente del río y observaba las torres de la Alhambra y él se acercó, la saludó, le mostró la servilleta de papel que llevaba en sus manos al tiempo que desliaba lo que en ella tenía envuelto y ofreciéndoselo le dijo:
- Te regalo estos exquisitos tomates cherry que acabo de coger de mi huerto para que acompañes los alimentos que saboreas.
Movió su mano hacia él al tiempo que extendía los dedos haciendo un signo de prohibido mientras pronunciaba suavemente:
- ¡No, gracias!
- Pues perdona y lo siento.
Triste se alejó y pensativo siguió bajando por la calle, mientras se decía: “Puedo entenderlo pero yo se los he ofrecido de corazón y porque realmente son buenos estos tomates míos”.