
409- LOS DOS AMIGOS
Al amanecer, el joven amantes de
los libros, la naturaleza y la poesía, salió de su casa, cruzó el Puente del
Aljibillo, subió por el barranco del Rey Chico y, en el lugar acordado, se
encontró con su amigo. El hijo de uno de los nobles de la Alhambra, casi de su
misma edad y muy aficionado a la caza y luchas en las batallas de las guerras.
Al encontrarse con él, lo saludó y sin más le dijo:
- Traigo
conmigo todo lo necesario para acampar una noche en el rellano del río que te
dije.
- Por mi
parte, también lo tengo todo preparado. Si estás dispuesto, emprendemos el
camino.
Y desde una de las puertas de la
muralla de la Alhambra, se pusieron en marcha dirección a Sierra Nevada. Salía
el sol por lo alto de estas cumbres en ese momento y por eso ya todos los paisajes
se veían iluminado con las primeras luces de un caluroso día de verano.
Caminaron en silencio durante un rato, mientras atravesaban los jardines y
otros espacios cerca de las murallas y palacios y cuando ya tomaron por la
senda del arroyo de las aguas claras, el joven del Albaicín dijo a su amigo:
- Vengo bien
preparado para dialogar contigo del tema que sabes.
- ¿Y qué es
lo que vas a pedirme?
- Cuando
mañana, al amanecer, estemos en el collado y mientras te muestro lo que
pretendo, te lo digo.
- De verdad
que me tienes intrigado porque ni siquiera sospecho qué es lo que te tienes
entre manos.
- Tú
tranquilo que no planeo intrigas contra nadie ni nada ni tampoco urdo proyectos
de los que sacar beneficios.
- Confío en
ti y por eso me presto gustoso a lo que ahora estamos viviendo.
Al llegar a un arroyuelo de aguas
muy claras, se pararon, bebieron y lavaron las manos, cruzaron luego la
corriente y siguieron. Hora y media después, llegaron a la pequeña llanura
cerca del cauce. Aquí se pararon, soltaron sus equipajes, comieron algo y antes
de que la tarde cayera, montaron una pequeña tienda de campaña. Justo donde la
llanura se refugiaba cerca de la corriente y frente a las altas montañas y el
profundo tajo de las rocas en el río, algo más arriba. Preguntó el joven de la
Alhambra:
- ¿Por qué
te gusta tanto este lugar para pasar la noche?
- Te lo voy
a decir dentro de un rato, desde el corazón de la noche y mientras observamos
el cielo estrellado.
Unas horas después, recostados
sobre el pasto seco de la pradera, envueltos por el rumor de las aguas del río
y mientras observaban las estrellas en el firmamento, el joven de la Alhambra
dijo a su amigo:
- A esta
llanura, mi amigo el pastor de las montañas, traía cada día su rebaño. Para que
las ovejas y los corderillos comieran la rica hierba que estas tierras dan. Y
aquel día de primavera, estaba él sentado justo donde nosotros ahora soñamos.
Miraba las aguas de este río, meditaba y se complacía en sus lustrosos y
pacíficos animales cuando por detrás, se acercaron tres hombres. Lo cogieron
por el cuello, lo tumbaron en el suelo boca arriba y le dijeron:
- Si luchas
y te revelas, ahora mismo eres hombre muerto.
Ni respirar
podía mi amigo y mucho menos era capaz de articular palabra. Pero aquellos
hombres, después de maltratarlo durante un buen rato, lo alzaron y lo pusieron
sobre el tronco del árbol que tenemos cerca. Dos de ellos cogieron varios
corderillos del rebaño, allí mismo lo degollaron, le quitaron la piel, hicieron
fuego, los asaron y se los comieron frente a mi amigo preso y muerto de miedo.
Luego aquellos hombres se fueron
dejando a mi amigo y a su rebaño por aquí. No tenía fuerzas él ni para seguir a
sus animales y volver a la majada. Al día siguiente, después de toda la noche
atormentado y sin poder dormir, sí se le vio caminando por las veredas de las
partes altas. A donde vamos a subir mañana al salir el sol y desde donde te
contaré y remataré la historia que de este amigo mío te estoy contando,
Guardó
silencio el joven del Albaicín. Ni siquiera se atrevía a formular una pregunta
de lo impresionado que le había dejado el relato que acababa de oír. Y, el
amigo que tenía al lado, tal como estaba frente al cielo estrellado, también
continuó callado.
Poco después, a los dos los
venció el sueño y al amanecer, los despertaron el ruido de algunos animales
silvestres. Rápidos se levantaron, recogieron las cosas, se pusieron en camino
y salía el sol cuando llegaban al collado, lugar desde donde se veían las
cumbres de Sierra Nevada, el gran río cayendo ladera abajo y la colina de la
Alhambra muy a lo lejos. Dijo el joven del Albaicín:
- Hasta este
mismo sitio llegó caminando aquella mañana mi amigo el pastor, compungido, acobardado,
triste y por completo deprimido. Desde aquí observó la Alhambra que estás
viendo allá a lo lejos y se dijo: “Solo dos caminos tengo ahora mismo en mi
vida: uno, revelarme a ir hasta aquellos lugares donde se refugian los que ayer
me atacaron y mataron mis corderos, enfrentarme a ellos y vengarme. Pero si
hago esto, mi corazón se llenara de odio y ya no tendré paz en todo lo que me
queda de vida. Y el segundo camino…” Y en aquel mismo momento, desde estas
alturas al borde del desfiladero del río, el cuerpo de mi amigo el pastor, se
vio caer por el aire. Entre las rocas y las aguas en lo más hondo, se rompieron
sus carnes y sueños y por ahí quedó para siempre.
Tampoco en estos momentos el
joven de la Alhambra hizo ningún comentario. Miró en silencio al gran tajo
rocoso abierto por la corriente del río, miró luego para las cumbres de Sierra
Nevada y, durante un buen rato, contempló en silencio la silueta de la Alhambra
a lo lejos. Y ahora sí le preguntó a su amigo:
- ¿Y solo
para enseñarme estos lugares y contarme la historia de tu amigo me has traído
aquí?
- En parte,
para esto y en parte, para hacerte dos preguntas.
- ¿Qué dos
preguntas?
El joven del Albaicín sacó de su
bolsillo un puñado de hojas de papel en forma de libro pequeño, se las mostró a
su amigo y mirando para la colina de la Alhambra, le preguntó:
- ¿Qué crees
tú que es mejor en esta vida, enfrentarse a los enemigos, combatirlos y acabar
con ellos por el odio y la venganza, hacer lo que hizo mi amigo o escribir las
cosas y dejarlas recogidas en forma de poemas o relatos en este libro?
Dudó el
joven compañero durante un buen rato por la extraña pregunta que le había hecho
el amigo y luego preguntó a éste:
- ¿Y la
segunda pregunta?
- Es muy
sencilla y me interesa mucho tu respuesta: si mi amigo hubiera sabido leer y
escribir ¿qué solución crees tú que le hubiera dado a su problema?