
408- EL PALACIO DE
LA NIEBLA
XVIII-
Siendo yo todavía pequeño, ya de joven y ahora de mayor, pasé y sigo
recorriendo con frecuencia este camino. Y cuando era pequeño, las primeras
veces que pasé por aquí, me impresionaba mucho el palacio sobre esta alta
cumbre que se nos va quedando por la derecha. Desde aquí se veía con claridad,
la prolongada escalera de piedra que asciende por la montaña, la misteriosa
casa blanca ya en lo alto y al final de la escalera y luego la gran fachada del
palacio también de piedra color caramelo. Solo esto era lo que desde esta senda
se veía. Porque el resto del enigmático palacio, el cuerpo que tenía a
continuación de la fachada, siempre estaba tapado por la niebla. Ni siquiera en
los días más soleados lograba ver yo de este palacio más trozo que su fachada
de piedra, la casa blanca por delante, el rellano donde terminaba la escalera y
esta larga escalera agarrándose a la ladera de la montaña.
Y
como al pasar por aquí me impresionaba tanto la visión de todo lo que le he
dicho, una vez y otra preguntaba a mi padre:
- ¿Qué es este palacio en lo más alto de la montaña,
siempre tapado por la niebla, en silencio y de aspecto tan gigante y
misterioso?
Y recuerdo que mi padre, siempre respondía a mi pregunta
diciendo:
- Yo nunca he podido saber lo que es este palacio y,
menos aun, el misterio que encierra. Según he oído, en este lugar lo
construyeron hace mucho tiempo, personas relacionadas con la Alhambra y que lo
habitaron durante algún tiempo.
- Y ahora mismo ¿quién vive ahí?
- Tampoco lo sé, hijo mío. Y, aunque también he
preguntado a mis conocidos, ellos tienen menos información que yo.
- Y si un día de los que pasamos por aquí, cogemos esta
escalera y nos encajamos en aquel edificio blanco que se ve en el rellano de la
puerta del palacio ¿qué pasaría?
- A lo mejor no pasa nada pero, por si acaso, mejor es no
llevarlo a cabo.
No me
dejaban tranquilo las palabras que salían de la boca de mi padre. Por eso, cada
vez que seguía pasando por aquí en su compañía y cuando él ya murió, siempre
intrigado, miraba y miraba para la fachada de este palacio. Hasta que un día,
una tranquila mañana de primavera, vi algo que me llamó mucho la atención. Por
este lado derecho de la escalera y aquí donde el terreno ya es llano, una mujer
muy bella recogía flores. Vestida con traje largo como de seda y color azul
blanco. En su brazo derecho portaba una muy bonita cesta de mimbre y en ella
iba echando las flores que de aquí de allá recogía. Al verla tan hermosa y como
fundida con el verde del paisaje y las mil florecilla que con la primavera por
aquí habían germinado, me oculté un poco tras el tronco de algunos árboles y,
desde la distancia y en silencio la observé muy interesado.
Era
de estatura alta, con pelo largo y negro, de cuerpo delgado, cara redonda y
manos finas como los pétalos de las flores que iba recogiendo. Caminaba muy
despacio por entre la hierba y algunas matas de monte bajo y por momentos me
deslumbraba más y más su limpia y fresca belleza. Porque ante mí, el cuadro
resultaba fantástico: solitaria en medio de este florido trozo de tierra, con
la soberbia imagen del palacio en todo lo alto, la escalera remontando por la
ladera, el bosque de árboles a mi derecha y esta senda cayendo por el barranco
hacia el valle del río, todo esto me parecía como la visión de un sueño. Esperé
paciente, muy concentrado en la elegante figura femenina y después de un rato y
ya con muchas flores en su cesta, se vino para este lado de la izquierda. Por
entre la hierba y algunos arbustos, mientras seguía cortando las flores más
frescas, avanzó hasta que se me perdió como detrás de la montaña que sostenía al
misterioso palacio.
Durante
unos minutos, seguí oculto en los árboles, intentando adivinar quién era y por
qué andaba por aquí cortando flores y luego me fui, llevándome estampada en mi
mente la bonita imagen de esta joven. Por eso, cuando unos días después volví a
pasar por este mismo sitio, lo que más deseaba era volver a ver. Y tanto lo
deseaba que venía dispuesto presentarme ante ella, saludarla y preguntarle. Me
decía: “Lo primero que voy a preguntarle es si vive en el palacio de la niebla.
Y en caso de que me diga que sí, la segunda pregunta que le haré es si ella es
princesa, reina o dueña de este palacio”.
Y
aquel día, también por la mañana pero ya con el sol muy alzado, venía yo
pensativo y rumiando lo que ya le he dicho cuando, unos metros antes de llegar
a la escalera, lo vi. Un hombre joven, con un zurrón a sus espaldas, subía por
ese barranco que vemos al frente, a este lado de la escalera. Y me pareció que
salía o del rellano en los primeros peldaños de la escalera o como de alguna
galería o cueva que por ahí existiera. Al igual que el día de la mujer de las
flores, detuve mis pasos, me oculté un poco entre las matas de retama y lo
observé muy interesado. Me dije: “Creo que ese joven también tiene algo que ver
con el imponente palacio en la cumbre de la niebla. Y por lo que veo, también
como la mujer de las flores, viene por aquí buscando algo. Aunque sea solo por
curiosidad, me interesa averiguar de él todo lo que pueda”.
Después
de unos minutos y cuando ya se alejaba siguiendo el arroyuelo de este barranco,
abandoné los arbustos que me protegían y con mucho cuidado para que no me
descubriera, comencé a seguirlo. Procurando no acercarme mucho y, al mismo
tiempo, teniendo cuidado de no perderlo de vista. Por una empinada veredilla
que discurre pegada al arroyuelo de este barranco, remontó a toda prisa.
Sujetando con su mano derecha el zurrón que llevaba a las espaldas. Como si
diera la impresión de que este bártulo pesaba mucho y para que no se le cayera,
lo sujetaba con fuerza. Cuando terminó de remontar, lo perdí de vista durante
unos minutos porque los troncos de algunos árboles, me lo taparon. Aligeré mis
pasos, remonté a toda prisa y al llegar a lo alto, con mucho cuidado, me fui
asomando. Lo vi enseguida, ahora bastante cerca de mí. Se había parado y
charlaba con otro hombre que al parecer había bajado por el lado de la montaña
que desde aquí no vemos. Había descolgado su zurrón de las espaldas, lo tenía
en el suelo y muy cerca de sus pies, lo había abierto y de ahí había sacado un
puñado de monedas. Las vi claramente porque en ese momento, los rayos del sol
incidían desde el lado del levante y al caer sobre las monedas que el joven
mostraba en sus manos, éstas relucían con un brillo vivo y dorado.
Tapándome
con lo que podía, me aproximé por entre los troncos de árboles y lentiscos y
cuando ya estuve a solo unos metros, oí que el joven de las monedas decía al
que había llegado por el lado oculto de la montaña:
- En estos momentos, no tengo más dinero para darte. Lo
siento.
- Pues ya sabes que te doy solo una semana de plazo.
- Y si en este tiempo tampoco puedo reunir lo que me
falta ¿qué hacemos?
- Por mi parte, lo tengo muy claro. Tienes que pagarme
todo lo que me debes y entonces, serás libre y dueño de lo que te he vendido.
- Pero y si no consigo el dinero que falta ¿por tu parte
no podrías esperar unos días más?
- Lo que acordamos, eso se mantiene sin ningún cambio.
Y el
hombre del zurrón, vació en el suelo todo el contenido de la bolsa. Las monedas
sonaron como melodías desafinadas y desprendieron varios destellos dorados. El
hombre que había llegado desde el lado oculto de la montaña, se agachó, se
llenó los bolsillos con las monedas y al poco, se alejaba hacia el lugar oculto
que le he dicho. El del zurrón, cabizbajo y con cierta expresión de tristeza en
su rostro, cargó con el morral vacío y se dispuso para regresar por el mismo
camino que había recorrido solo unos minutos antes.
Me
mantuve inmóvil oculto detrás de los árboles y cuando vi que se perdía hacia el
rellano de la escalera, salí de mi escondite y me fui para el lado del levante.
Mientras me alejaba de ese lugar, dejando el palacio a mis espaldas, me
preguntaba por la identidad y presencia en ese rincón tanto del hombre del
zurrón como del que había recogido las monedas. Y como en ese momento me
intrigaba aun más que los días anteriores lo que por estos sitios estaba
viendo, me dije que tenía que volver y seguir averiguando qué era lo que por
aquí pasaba.
Y
volví. Una semana después y también una mañana, pasaba yo otra vez por esta
senda dirección al barrio del Albaicín y hacia el valle del río Darro. Traía en
mi mente la idea fija de este palacio entre niebla y de la montaña que en todo
lo alto lo sostiene. Y al llegar al rellano de donde arranca la escalera, vi de
nuevo algo que me intrigó. Hoy, donde aquella mañana a la mujer recogiendo
flores, descubrí a otra figura femenina que también andaba buscando cosas por
aquí. Iba de un arbusto a otro y de mata en mata buscando pequeño frutos rojos
que recogía de aquí y allá y echaba a una cesta de mimbre. No me descubrió ella
a mí pero como yo sí tenía interés en su presencia y en lo que hacía, la
observé durante unos minutos hasta que vi que se fue derecha a la escalera.
Dejé que remontara y, después de un buen rato y cuando ya estaba en todo lo
alto, tomé una decisión. Sin pensarlo mucho, comencé a remontar la escalera,
muy despacio y procurando no ser visto.
Mi
corazón temblaba por el miedo que sentía al ser descubierto. Por eso, justo
cuando ya me quedaban dos peldaños para encajarme en el tramo final, me paré
porque sentí hablar. Miré para mi lado izquierdo y en la misma puerta de la
pequeña casa que había en la fachada del gran palacio, vi a un hombre sentado
en una mesa de madera. Escribía y frente a él, dos mujeres jóvenes, lo miraba y
le preguntaban:
- ¿Qué poema vas a escribir hoy?
- El más bello que nunca nadie haya escrito en Granada.
- ¿Y nos lo vas a dedicar a nosotras?
- Seguro que sí.
Y vi que las mujeres, las dos muy bellas, se reían y, en
el fondo, parecían sentirse alagadas. Me fije bien y descubrí que estas dos
mujeres eran las mismas que había visto recogiendo flores y la que unos días
después, buscaba frutos silvestres.
Vi,
en ese momento, salir humo de lado derecho donde al fondo y muy lejos se
observaba Sierra Nevada. La gran columna de humo se alzaba como de un pequeño
barranco y se fundía con las nubes de niebla. Caminé un poco hacia este lado,
procurando no ser descubierto ni por el escritor ni las dos mujeres y al poco,
vi la lumbre. Una gran fogata que ardía entre unas gruesas piedras y a la que
echaban ramas secas un par de hombres. Entre ellos comentaban:
- Esto va a ser lo nunca visto en los paisajes que rodean
a la Alhambra.
- Y hay que procurar que nadie descubra nuestro plan y
que de ésta, no quede vivo ni el gato que corretea por los pasillos del
palacio.
Cerca
de la lumbre, uno de los hombres, descuartizaba varios corderos. Intuí que unos
momentos antes los había matado, luego les habían quitado la piel y ahora, los
iban colgando en las ramas de un árbol seco y de este modo y ya sin piel, iban
cortando trozos de carne y los ensalzaba en palos de adelfas, aun verdes y con
la corteza quitada. Al ver esto me pregunté: “¿Sabrá este hombre que las
adelfas son las plantas más tóxicas que se crían por estos lugares?” Yo sí lo
sabía porque mi padre me lo había dicho muchas veces y desde que apenas comencé
a hablar. Por eso también, al ver lo que este hombre estaba haciendo, pensé que
toda la carne se estaba llenando de veneno. Me dije de nuevo: “Cualquiera que
se coma esta carne, puede acabar muerto. ¿Sabrá este hombre lo que está
haciendo?”
Y vi
que fue poniendo, junto a las llamas y sobre las brasas de la lumbre, los
trozos de carne ensalzados en los palos de adelfas pelados. Decía, según iba
colocando en la lumbre esta carne:
- Ya verás qué sabrosa y cuanto va a gustarle en cuanto
la prueben. La más rica carne de cordero criado en estas montañas y asados en
el fuego de leña en medio del campo.
- Una vianda exquisita como no hay otra en el mundo.
En la puerta del palacio, donde el poeta escribía y las
mujeres se dedicaban a lo que ya he dicho, comenzaron a colocar mesas al aire
libre. Al poco, en estas mesas, se sentaron las dos mujeres, el escritor y
varias personas más que salieron del palacio. Entre estas personas, vi al
hombre del zurrón que había transportado las monedas que le comenté y luego vi
a uno que parecía rey o príncipe y a la joven que destacaba entre todos por su
elegante y lujoso traje de seda verde azul y una pequeña corona muy reluciente
sobre su cabeza.
Del
palacio también salieron otras personas portando vasijas que colocaron encima
de las mesas. Se sentaron unos y otros y la mujer del traje de seda lujoso, la
colocaron en el centro de una de las mesas alargada. El que parecía rey dijo:
- Hoy es el cumpleaños de la reina de este palacio y por
eso vamos a celebrarlo a lo grande. Podéis empezar a saborear estos exquisitos
alimentos que, dentro de un rato, viene la mejor carne de cordero asado en
lumbre de las montañas.
Dijo la mujer joven de la corona reluciente:
- Huele a gloria el aire que viene de la lumbre donde se
asan los corderos. Seáis todos bienvenidos y gracias por vuestra compañía.
Desde
la lumbre, los hombres que asaban la carne y alimentaban a las llamas,
comenzaron a transportar trozos de palos de adelfas repletos de carne de
cordero ya dorada por las brasas del fuego. Los fueron poniendo en las bandejas
que había sobre las mesas y enseguida los comensales dieron comienzo al
banquete. Los hombres de la lumbre seguían dorando más y más trozos de carne y,
mientras iban y venían, se miraban y reían. Porque, al poner la carne asada en
las bandejas de las mesas, sobre la vianda iban echando como una salsa al
tiempo que decían:
- Es la mejor salsa natural hecha en estos reinos de
Granada. Nosotros mismos hemos buscado los frutos y plantas en las montañas
para reforzar con el mejor sabor a esta rica carne de cordero asada.
Y los
comensales, al probar las doradas y humeantes chuleas, comentaban:
- Desde luego que está muy rica esta fresca carne de
corderos criados en estas montañas y asada y sazonada de la manera más natural.
Pero sucedió que, a la media hora más o menos del
comienzo de la comida, unos y otros empezaron a sentirse mal. A los primeros
les dolía la cabeza, a otros, les empezó a doler el estómago, algunos decían que
se estaban mareando y la princesa y el rey, se levantaron de las mesas y
entraron corriendo por la puerta del palacio. Detrás de ellos se fueron los
invitados, dejando abandonado por completo todas las mesas y los alimentos
sobre ellas.
Vi,
en esos momentos, correr barranco arriba a los hombres que alimentaban a las
llamas y asaban las carnes de corderos. La lumbre comenzó a quemar la carne que
aun se asaba en los palos de adelfas y el humo, una gran columna blanca, densa
y maloliente, se alzó y comenzó a cubrir las paredes y recintos del palacio. Como
un mar de niebla espesa, mientras dentro se oían gritos, voces y lamentos.
Temiendo que alguien me descubriera y me apresara, yo también me alejé rápido
de donde estaba escondido y me fui a mi mundo. Al día siguiente, al otro y al
otro, cuando volví a pasar por aquí, me paré en este mismo sitio y vi el
palacio aun tapado por una densa cortina y que en esta ocasión, no era humo
sino niebla. A nadie vi por estos lugares ni en aquellos días ni en lo que
siguieron hasta el día de hoy. Y aunque luego sí pregunté a unos y a otros por
el misterio de este palacio y lo que con mis propios ojos había visto, ninguna
persona supo darme razón nunca de nada.
Cuando
el viejo pastor terminó de contar al científico esta historia, tal como estaba
parado en la senda y frente a la montaña del palacio de la niebla, se quedó
quieto y en silencio. También en silencio miraba el científico, después de
haber escuchado con mucho interés el relato del pastor. Intentaba ahora
encontrar explicaciones a lo que estaba viendo y acababa de oír y por eso,
pasado un rato, rompió el silencio del pastor preguntando:
- ¿Y qué fue lo que ocurrió a partir del final de aquella
envenenada comida?
Y el pastor le confesó:
- Después de unas semanas, durante un tiempo, yo no volví
más por aquí. Después de lo que vi y cuando me contaron lo que ya le he dicho a
usted, me quedé tan impresionado que sentía temor solo pensar en estos lugares.
Era muy desagradable y tenía un trasfondo amargo y desolado lo que ocurrió por
estos sitios por eso quería borrarlo de mi mente.
¿Por
qué sabe usted? Yo he sido pobre a lo largo de toda mi vida y nunca tuve la
oportunidad ni de estudiar ni de conocer mundo ni tener amigos poderosos. Pero
en mi corazón y alma, siempre he tenido muy claro y he sabido valorar, apreciar
y separar las cosas hermosas de las que no lo son. Y lo mismo digo de las
personas y sus comportamientos. Por eso siempre, desde que era pequeño, rehuía
y aun lo hago, porque me repugnan, las venganzas, intrigas, violencia y toda
clase de comportamientos que lleven consigo acciones malas y obscenas de unas
personas para con otras. No es propio de seres inteligentes y casi sublimes, como
somos todos los humanos, hacernos daño entre sí. Y menos aun es noble y bello,
ejercer la violencia sobre otros, denigrándolo o impidiendo que realice sus
sueños, para obtener algún bien para sí. Por eso le decía y ahora repito que,
durante mucho tiempo y aun todavía, me daba miedo pasar por aquí e imaginar las
tragedias que dentro de ese palacio pudo ocurrir.
Pero
aun así, pasado no mucho tiempo de aquellos corderos envenenados, el palacio de
la niebla en lo alto de la montaña, se quedó vacío. Por lo visto, nadie quería
vivir aquí y como sus propietarios sí eran personas muy importantes en los
recintos de la Alhambra, desde allí organizaron comandos de soldados que
empezaron a recorrer todas estas montañas en busca de los hombres que, en la
lumbre, envenenaron las carnes que ya sabe. Fue aquello el comienzo de la
desolación que hemos venido viendo y le he contado con detalle por los lugares
que hemos atravesado.
- ¿Y fueron esos destacamentos de soldados enviados desde
la Alhambra, los que envenenaron las aguas de Fuenteliria?
- Es algo que tengo pensado revelar a usted cuando por fin concluyamos el recorrido que estamos haciendo. Será entonces el momento en el que podrá encajar las piezas de todo lo que hoy estamos viviendo. Ahora, sigamos bajando por esta senda hacia el valle del río Darro y al encuentro del barrio del Albaicín. Ya nos queda poco y también la historia va llegando a su final.