
405- UN LIBRO PARA LA PRINCESA
Fragmento de mi libro: Arroyuelo Limpio
Todas las tardes salía de la Alhambra montada en su caballo. A galope recorría los caminos dirección a Sierra Nevada y se adentraba en el bosque. Por las praderas tupidas de hierba dejaba su alazán y ella recorría una estrecha senda de unos cien metros de larga, remontaba la pequeña torrentera y cuando llegaba al rincón, un pequeño rellano muy alzado sobre el río y al borde de un farallón rocoso, se paraba. Lentamente aquí se acomodaba en la hierba y frente al río y al horizonte lejano, se ponía a soñar. Siempre en silencio, siempre sola y siempre sin prisas en las tardes frescas, olorosas y llenas de sol primaveral. “El rincón de la princesa”, le había puesto ella por nombre a este lugar.
Cerca, casi siempre pastaba un pequeño rebaño de ovejas. Nunca había visto ella al pastor y por eso, ni siquiera sabía de quién era este rebaño ni si alguna persona lo cuidaba. Pero el pastor, un joven alto, recio, de melena larga y muy corpulento, sí hacía ya tiempo que había visto a esta princesa. Primero descubrió un día a su caballo comiendo hierba en las praderas del río y luego la vio a ella. Y lo que hizo fue ocultarse por entre el monte para que ella no lo descubriera. Desde un rincón no lejos de donde la princesa soñaba mirando al horizonte, se ponía a observarla siempre en silencio y en todo momento muy oculto. En su corazón se decía: “Tengo que procurar que no me descubra para que no se asuste. Es tan bella, joven e irradia tanta poesía que solo poderla ver, es un gozo inmenso. Además, como yo soy pobre y ella princesa, si me presento y me doy a conocer seguro que me desprecia. ¿Qué princesa del mundo en algún momento ha querido ser amigo de un pastor? Seguro que ninguna y ésta mucho menos. Por eso, observarla desde la distancia sin que se dé cuenta ni nada sepa de mí, es lo mejor que puedo hacer. ¿A qué pastor del mundo se le presenta en su vida una suerte como ésta?”
Y como según la iba observando cada tarde en su corazón crecía un amor oculto por la joven, uno de aquellos días se le ocurrió algo. En unas pieles de cordero que tenía muy bien curtidas, comenzó a escribir versos. Sencillos poemas que le salían del alma y le ayudaban a expresar sus sentimientos y a confesar a su princesa lo que ella le inspiraba. Escribió, el primer día, uno o dos poemas en la pequeña piel curtida de cordero. El segundo día escribió más y así, en unas cuantas tardes, juntó seis o siete pequeños pergaminos con versos inspirados por la princesa y para honrarla a ella. Se dijo: “A lo mejor no son muy buenos estos versos míos pero como es mi sinceridad lo que en ellos dejo reflejada, puede ser que algún día a la princesa le gusten. ¿Pero cómo hago para regalárselos y que no me descubra ni llegue a saber que cuando viene a este rincón cada tarde la observo sin que lo sepa?”
Se entero el padre, rey en los recintos de la Alhambra, que su hija princesa cada tarde se iba las montañas sola y montada en su caballo. Pensó enseguida hablar con ella y prohibirle que siguiera acudiendo a estos lugares pero luego reflexionó y por las noches meditó mucho el tema. Se decía: “Si le prohíbo que se vaya sola en su caballo a las montañas, me convertiré en un padre represor pero si no le digo nada y ella sigue con estas cosas, muchos me van a criticar y hasta me dirán que soy un inconsciente por dejar que la princesa sea libre y ande a su aire por esos lejanos paisajes. Argumentarán que esto no es propio de una princesa de la Alhambra ni tampoco un rey se comporta de esta manera. ¿Qué hago que sea bueno para ella y yo quede como un padre inteligente y de corazón noble?
Siguió dándole vueltas al tema el rey hasta que una tarde, cuando la princesa cruzaba los salones de los palacios en compañía de unas amigas, se acercó a ella y le dijo:
- Luego quiero hablar contigo.
Se le quedó mirando la princesa y enseguida le preguntó:
- ¿Te preocupa algo, papá?
- En mis aposentos te espero y te cuento las cosas.
Y sin más el rey se fue a sus aposentos y la princesa siguió con sus amigas. Solo unas horas después la princesa llamó a la puerta del aposento del rey y éste le pidió que pasara. Algo preocupada y haciendo una pequeña reverencia al rey, se acercó a él. Éste le indicó que se sentará y lo escuchara.
Frente al rey su padre, se sentó la joven y el monarca sin más rodeos enseguida dijo:
- Tus paseos por las montañas y sola, me tienen preocupado. ¿Qué es lo que buscas por esos lugares?
Temerosa la princesa rápida también preguntó al rey:
- ¿Es que vas a castigarme?
- No está en mi corazón el deseo de castigarte pero dime ¿qué es lo que buscas por esos lugares de las montañas y siempre sola?
- Padre mío, lo que busco yo no lo sé pero mi corazón apetece mucho y se alimenta gozosamente cada vez que con mi caballo voy a esos rincones.
- Pero hija mía ¿qué es lo que hay en ese rincón que dices allá en las montañas?
- Ya te he dicho que yo no sé lo que hay ahí pero sentarme en aquel pequeño rellano tapizado de hierba, con el río a mi derecha y las cascadas cayendo a los azules charcos de aguas transparentes, me llena de un gozo inmenso. Creo que no hay en el mundo un paraíso más espiritual y bello que este. Por allí el silencio es total, el aire puro y acaricia como si fuera el más delicado amigo. Los colores del cielo emocionan hasta el embeleso y la limpieza de los bosques transportan a mundos jamás soñados. Yo no sé padre lo que tendrá aquel rincón pero le aseguro que no hay ni palacios ni jardines que puedan igualarse a eso. No me prohíba, por favor, que deje de ir a ese rincón de las montañas.
Se rascó el rey con sus dedos levemente la cabeza, meditó unos segundos y luego dijo a la princesa:
- También ya te he dicho que yo no quiero prohibirte nada pero debes comprender que los que viven en estos palacios, los que nos rodean y otras personas del reino, no ven con buenos ojos lo que haces tú. Ya andan por ahí diciendo que tu comportamiento no es propio de una noble princesa ni tampoco el que yo te lo permita.
- ¿Y qué va a hacer entonces su majestad conmigo?
- En este momento, nada. Lo que pretendía, hablar contigo de esta aventura ya lo he hecho. Puedes retirarte a tus aposentos y déjame solo. Quiero seguir meditando a ver si encuentro una solución concreta para este sueño y comportamiento tuyo.
A la tarde siguiente, la princesa no salió de los recintos de la Alhambra montada en su caballo. En los aposentos de su torre se quedó encerrada y desde una de las ventanas que daba a las cumbres de Sierra Nevada, a lo largo de toda la tarde estuvo mirando. Con su pensamiento puesto en los paisajes, los bosques, praderas, ríos y montañas que los días antes y muchas veces había recorrido montada en su caballo. También tenía clavada en su mente la imagen del recogido rincón verde junto al acantilado y a solo unos metros del río, las cascadas y los charcos. No sabía por qué pero su corazón estaba triste y por eso, ni el airecillo que entraba por su ventana ni el revoloteo y trinos de los pajarillos por entre los jardines de la Alhambra, le alegraban.
Se nubló mucho el cielo aquella tarde, llovió mansamente pero sin parar durante algunas horas y luego se levantaron muchas nieblas por los barrancos de ríos y arroyos que caían desde las montañas. No hacía frío ninguno a pesar de que todavía relucían las nieves en las partes altas de las cumbres más elevadas. El joven pastor que a escondida escribía versos para la princesa, como otros días, esta tarde también la esperaba. Resguardado en la pequeña covacha del lado de arriba de la repisa donde la joven solía sentarse a meditar y soñar sus sueños. Como la lluvia caía y las nieblas se alzaban silenciosas y espesas, el joven pastor se decía: “Mi corazón presiente que hoy no va a venir por aquí la hermosa de mis sueños. Quizá le tenga miedo a esta lluvia y niebla o quizá hoy no encuentre interesante estos lugares”.
Entre unas piedras hizo un pequeño fuego, sacó de su zurrón los trozos de pieles de cordero curtidas y repasó algunos de los versos que en ellos tenía escritos. En otros trozos de pergaminos escribió nuevo versos y mientras lo hacía pensando en ella, por momentos también notaba que la tristeza se iba apoderando de su corazón. La tarde se apagaba poco a poco, comenzó a sentirse el frío, las nieblas se fueron espesando y la princesa no aparecía por el lugar. Se recogieron las ovejas en el corral cerca del río y el joven pastor abandonó la covacha cerca del mirador de la princesa.
Cuando un poco después llegó a su cabaña de piedra no lejos del gran charco azul al final de la cascada del río, de nuevo sacó de su zurrón los trozos de pergamino escritos. Con una vieja navaja de acero, recortó los bordes de estos pergaminos y luego procuró que todos quedaran más o menos con el mismo tamaño. Los colocó sobre la repisa de piedra que había a la derecha de la chimenea donde ardía la lumbre y antes de acostarse en su cama de monte, tomó medidas con una cuerda de esparto. Se dijo: “De este grueso tronco de fresno, puedo sacar perfectamente las dos tablas que necesito. Mañana las modelo con mi navaja y luego tallo en ellas las palabras que ya tengo pensado”.
A lo largo de todo el día siguiente y durante un par de semanas, trabajó ilusionado y sin descanso. Tanto en las dos tablas que había sacado del tronco del fresno, de la misma medida y tamaño que los pergaminos donde tenía escrito los versos como en estos trozos de pieles curtidas. Siguió también escribiendo versos en estos pergaminos y por momentos comprobaba que el regalo que soñaba para su princesa, crecía y se perfeccionaba. Se decía: “Ya tengo casi terminado este sincero y Benito libro mío. Pero mi princesa no aparece por aquí desde hace muchos días. ¿Qué le habrá pasado y cómo podré yo entregarle este regalo si en ningún momento vuelve más por este lugar?”.
La primavera llegó casi a su centro y una mañana de brillante sol y cielo azul intenso, presintió en su corazón el joven pastor de las montañas que su princesa aparecería. Ilusionado subió desde el río, con su zurró a cuesta donde guardaba y transportaba la obra que había escrito para ella. Se acercó a la repisa donde muchos días atrás había visto a su musa meditando y gozando del silencio y la música de las aguas del río. Descubrió que todo por aquí estaba por completo tapizado de hierba con muchas florecillas abiertas y decorado a los lados con rosales silvestres y madreselvas. Buscó un par de piedras gordas y apropiadas, se situó en el centro del rellano, frente al río y donde había visto que se ponía la princesa, sacó de su zurrón los pergaminos, ahora ya cosidos unos con los otros con finas cuerdas de esparto y protegidos con tapas de madera y colocó el bonito libro sobre las piedras. Abierto hacia él, frente al acantilado rocoso que se alzaba a sus espaldas y mirando al río y a las cascadas.
Se dijo, al contemplar el bello libro de pergaminos de cordero y protegido con las tablas que había sacado del tronco del fresno: “Este es el sitio ideal para colocar el regalo de mi princesa. Tal como en este momento lo he puesto y lo veo, es como quisiera que ella lo encontrara el día que de nuevo venga por aquí. Para que se lleve una bonita sorpresa y luego goce leyendo los sinceros versos que solo para ella he sacado de mi corazón. Que compruebe que la quiero y echo de menos como nunca nadie lo ha hecho en este suelo”.
Tan embelesado estaba y lleno de ilusión contemplando el regalo que iba a hacerle a su amada que ni siquiera se dio cuenta que sus ovejas se alejaban por la ladera de enfrente. Tampoco caía en la cuenta que su sueño era pura fantasía porque en el fondo él era simple pastor de las montañas y ella, la dama de su corazón, una elegante, culta e inaccesible princesa de la Alhambra. Tanto su corazón estaba ilusionado que en ningún momento caía en la cuenta de lo imposible y fantasioso que era su sueño. Pero precisamente por esto, porque en el fondo su corazón estaba enamorado y el alma toda se le había convertido en un mar de ilusión, era por lo que la realidad se le había transformado en el más bello de los paraísos.
Miraba al libro con pasta de madera y hojas de pergaminos abierto sobre las piedras frente a las cumbres de Sierra Nevada y esperaba que en ese momento se presentara su princesa. Sintió de pronto relinchos de caballos y luego oyó murmullo de voces humanas. Salió un poco de su sueño y al darse media vuelta para ver quienes subían por las sendas, cuando junto a sí descubrió a tres recios hombres. Vestían ropas guerreras y en sus manos empuñaban espadas con las que amenazaban al joven diciendo:
- ¡Ya eres nuestro!
De piedra se quedó el joven. Miró lleno de miedo y aunque quiso decir algo, ni una sola palabra pronunció. Aterrado dejó que los extraños hicieran a su antojo. Y estos, lo primero que hicieron fue coger el libro que sobre las piedras había puesto el joven, se lo mostraron abierto en sus manos al tiempo que le preguntaban:
- ¿Y esto qué es?
- Algo muy especial que yo mismo he hecho para una persona única.
- ¿Y nos puedes decir quién es esa persona?
- Yo no la conozco ni sé cómo se llama ni tampoco sé dónde vive.
- ¿Y cómo puede ser tan especial para ti esta persona si ni siquiera sabes quién es?
No respondió el joven a esta pregunta. Permaneció pacífico esperando que los forasteros pusieran punto y final a lo que pretendían. Y al instante vio como uno de ellos cerró el libro, lo guardó en las alforjas que colgaban del lomo de uno de los caballos, los tres se alejaron del joven y cuando ya daban media vuelta montados en sus caballos y se despedían del muchacho, le dijeron:
- Por ahora solo nos llevamos este libro tuyo, regalo especial para una persona desconocida. Se lo entregaremos al rey de la Alhambra y le hablaremos de ti y él nos dirá si tenemos que volver para darte algún recado.
Cuando llegaron a la Alhambra, enseguida entregaron el libro al rey. Éste lo recibió satisfecho y al instante se fue a sus aposentos para estudiar despacio lo que en el libro había escrito. Lo leyó con interés a lo largo de todo el día y parte de la noche y a la mañana siguiente, lo primero que hizo fue llamar a la princesa. En solo unos minutos la princesa se presentó en el despacho de su padre el rey y éste rápido le preguntó:
- ¿Qué sabes de este libro?
Al ver el libro sobre la mesa, abierto por el centro y mostrando uno de los poemas que el pastor había escrito, sin titubear la princesa respondió:
- No sé nada, padre, de este libro porque es la primara vez en mi vida que lo veo. ¿Quién te lo ha regalado?
- Lo hemos encontrado justo en ese lugar que a ti te gusta tanto en las montañas lejos de la Alhambra.
- ¿Y quién lo ha puesto allí?
- Eso es lo que yo quiero que me digas y también deseo que mi informes del joven que en aquel lugar lo tenía.
- Pues ya le digo padre que de ninguna cosa ni de la otra sé nada.
- ¿Me ocultas algo?
- El cielo sabe que no. Todo lo que estoy diciendo es cierto.
Y en ese momento la princesa sintió en su corazón un gran deseo de conocer lo que en el libro había escrito. Pensó pedírselo prestado al padre pero no lo hizo por temor a que éste pensara que sí estaba implicada en ello. Miraba al libro, miraba al rey y sin poderlo evitar imaginaba los lugares que tantas veces había recorrido montada en su caballo. El rey su padre de nuevo dijo:
- Hija mía, yo no sé qué voy a hacer contigo. Y lo que en el fondo mi corazón me pide no quiero llevarlo a cabo porque tengo el presentimiento de que me ocultas algo importante. No puedo confiar en ti plenamente pero eres mi hija y deseo darte una oportunidad.
Se llenó de miedo la princesa al oír estas palabras y aunque deseó otra vez defenderse, no pronunció palabra notando la severidad del padre. Sin embargo sí preguntó:
- ¿Y qué tiene su majestad pensado hacer conmigo?
- Lo estoy meditando. Pero por ahora, en estos momentos, voy a dejar en tus manos este libro. Regresa con él a tus aposentos, medita las cosas y mañana por la mañana hablamos.
Dio el rey el libro a la princesa, ésta salió de los aposentos reales, se fue a las habitaciones de su torre y aquel día y a lo largo de gran parte de la noche, se lo pasó leyendo los versos que había escritos en las piezas de pieles de cordero. Luego, antes de acostarse, se preguntó una y mil veces: “¿Qué hará mañana mi padre conmigo? ¿Me pedirá que destruya este libro y también me seguirá prohibiendo que vuelva a mi rincón pequeño allá junto al río? ¿Y si me pide solo una cosa a cambio de que descubra el autor de libro? Pero es que yo no lo conozco y ahora, después de haber leído estos versos, mi corazón me grita que debo protegerlo. ¿Cómo podré yo pedirle esto a mi padre sin que él piense lo que ya me ha dicho, que lo estoy engañando?”
Rezó la princesa al cielo mientras en su cama intentaba coger el sueño con el libro de versos entre sus brazos. Y entre oraciones, temores y la incertidumbre de lo que pudiera pasar al día siguiente, una y otra vez repasaba en su mente el título del libro. En la elegante y muy bien tallada tapa de tabla de fresno, el autor había grabado el siguiente título: “Un libro para la princesa, arroyuelo limpio”. Y en las tres o cuatro primeras páginas de pergaminos en piel de cordero, ella había podido leer los siguientes versos:
1- Temblando estaban las estrellas,
el campo mojado y el arroyo pleno.
Subí, sin ruidos, por la tarde,
pisando el manto verde y bebiendo de su aroma
y a su centro celeste le pregunté:
- ¿Dime si la has visto?
¡Oh, tierra y tú, cuerpo mío que pesas!
Si todo estoy en ella y ahora no la encuentro
¿Por qué no me dejas morir?
Otra tarde y su ausencia,
más trozos insondables,
¿Para qué los quiero?
2- A las tres de la tarde,
cinco de ellos van por las sendas.
Paso, desde el sol, llevando un manojo de frío
en mis carnes, y no me ven.
Tampoco los que suben ni los que bajan.
Cruzo el silencio, camino de una rosa que me llama
desde el prado donde mana el aroma de la hierba
y nace el río diamantino,
allá, detrás del monte, donde el sol duerme y tú con él,
y estoy solo. Sigo solo.
Son las tres de la tarde
y aunque gritan, para que se les oiga más que a ti,
mientras cruzan los caminos que se borran,
nada me une a ellos y sí a la flor azul de las altas cumbres
y sus hojas de hierba
que solitarias tiemblan junto a la corriente
anunciándote sencilla
y proclamando su belleza.
3- Me lo pregunté aquella tarde
en ese rinconcillo verde
de hojas anchas y brillantes,
donde el aroma es más puro
y junto a tu arroyo limpio.
- Sé que alguien me ama
con ese amor y pureza que deseo ¿Eres tú?
Viento adelante te vi caminando
sobre la placidez profunda de tu esencia
que ni se turbó.
- Antes de que nacieras
ya te estaba amando.
Fue tu respuesta y no la he olvidado.
Apenas hacia viento y los montes
casi dormían suspendidos
en el azul que le regalaba el cielo.
¿Por qué para hablarle al corazón
siempre lo haces entre el bosque?
4- como en aquellos días
anoche lloré por ti.
En lágrimas recorrí la tierra
y después el cielo.
Luego me dije: “¿Dios?
ni sentirla gozo ni dolor,
simplemente sentirla,
así es mi amor”.
5- Así que cuando caía la tarde,
asustado estaba y el alma triste.
“Protégeme, que me refugio en ti
porque mi vida y mi suerte están en tus manos”
te grité desde mi dolor y en el silencio,
no tardé en oír tu voz:
“No temas, yo estoy contigo”.
Ya por la noche te soñé arroyuelo limpio
atravesando el bosque y al amanecer
sentí la libertad
por donde el aroma de la hierba
emborracha sin querer.
Ahora sólo me queda decirte:
Gracias Dios míos porque una vez más
me has librado.
¿Cómo, a partir de ahora, podré yo olvidarte?
6- Está comprobado, te quiero.
Te transformo en sueño
y voy y vengo contigo
desde las montañas a los valles,
desde mi casa a las cumbres,
desde tus ríos a los montes
y a los prados limpios del verde azulado,
a las estrellas, siempre contigo
latiendo sobre mi corazón
y no te olvido.
7- El viento y la lluvia,
el tiempo y la tarde,
las matas de hierba
que en esencia laten,
¡Cuantos mundos en tan poco espacio!
Y ahí está lo que deseo decirte
y sólo tú sabes.
8- Lo veo en tu arroyuelo
y lo siento latir dentro de mi alma,
en mi yo potente,
pero no encuentro la palabra
para que lo sepas.
9- Eso quiere decir que la realidad es una,
la tierra y tú sois otra
yo, en cuerpo, no os rozo en nada,
y la que tengo dormido
sobre mi corazón y las nubes,
ni al mundo pertenece.
10- Por un instante me paré y te miré fijo
en el agua limpia del arroyuelo yéndose.
Pasaron tantas ráfagas de vida,
de luz y de flores
por mi mente
que por veinte millones de veces
me volví ahogar en tu existencia.
11- Tardes llenas de frío y lluvia
derramándose sobre tus bosques
y como por sus cumbres voy caminando,
ellas me arropan contigo y tú estás ahí:
cerca, en ríos de sangre bajando
desde las nubes a la tierra,
arropándome y salvando.
12- ¿De ti? Siempre me acuerdo:
Por las tardes cuando paseo por la viña
y brota el viento del mar,
por la mañana desde la iglesia
y cuando miro las olas blancas
desde el azul profundo.
De nuevo por las tardes sentado en mi mundo
escribiéndote en versos
al son de los gorriones que cantan.
Por la noche cuando duermo y en mitad de ella
me despierto contigo.
Más tardes y más temprano,
al principio y al final, en medio
y no sé en cuántos sitios más,
siempre me acuerdo de ti
y aunque lo quiera
no te puedo olvidar.
13- Me quedé parado
mirando pensativo irse la corriente.
Quizá no lo sepa,
sí, quizá no lo sepa y te llevo en mi corazón
o puede que el que no lo sabe
soy yo.
14- Asomado a mi ventana
te beso en mi espíritu,
cierro mis ojos y siento que nada siento.
Por eso quisiera quedarme dormido
en este sueño.
15- Yo me quedé
con ese hermoso saber que vendrías
pasado un momento.
La tarde avanzaba, también el reloj.
Poco a poco me fui llenando de luz
y ahora, aún siento la emoción
de aquel momento.
Lo hiciste tan grande
que se me salió del pecho.
16- Miro hacia fuera, por mi ventana,
el día tiene su cara cubierta con un velo gris brillante.
Su tacto es fresco, huele a pureza,
a inmensidad, y tú,
acabas de romperme el corazón de carne
que siempre he tenido.
Ahora, él eres Tú y Tú eres
lo que flota desde el infinito
hasta el centro mismo de mi alma
que es mi sueño
y mi esperanza.
17- Me gusta sentirte simplemente junto a mí,
en tu silencio contenido y el verde de la lejanía.
Por el placer que experimento
cada vez que lo vivo
sé que es amor.
Todo sencillo y encerrándolo todo,
o al menos yo, es así como lo siento.
Así eres tú.
18- ¿Y sabes por qué?
Porque aunque sólo sea breve,
me has rozado y tiemblo
y asciendo dulcemente
agarrándome al último rayo de luz
que el día deja.
Ahora puedo volar porque tengo trozos de ti
sobre la hierba del campo,
el cristal del agua
y el edén de mis sueños.
19- El sol blanco que da color a tu bosque
y tú que eres vida en lo que late,
me habla de amor en un vuelo callado
hasta las nubes.
Esta historia nuestra que es real
y esta tarde junto al arroyuelo adorándote inmóvil
sobre las olas perennes de tu ausencia presente,
este misterio oscuro a estas horas
y contigo atravesando mi aliento,
cuando soy tan tuyo
y el tiempo se derrama en forma de lluvia.
Inmaculado beso de azul eterno en mi alma,
no te olvides ni me olvide yo
que una tarde
me amaste en tu corazón y ahora ahí
me refugio y me duermo para no despertar
hasta que tú no lo quieras.
20- ¡Este silencio,
tan de pronto y tan silencio!
Y es que nadie, nadie en esta tierra
se ha dado cuenta que te estoy amando
pero una estrella de tu cielo y yo,
lo sabemos.
21- Puse mis ojos sobre ti
y derramé en tu figura blanca,
parte de ese inmenso mar,
que atascado está en mi alma
desde que supe de tu belleza.
Allí, algo quedó sosegado y eterno
colgado del sol.
Y lo digo
porque de este modo
me lo hiciste sentir.
22- ¿Qué ha pasado esta noche?
Hizo mucho viento y ahora se mueve con timidez
y las hojas tiemblan como si fueran lágrimas
recién lloradas.
Quédate, quédate y no te marches
porque tampoco sé qué pasará mañana.
Quizá sólo sea sueño y delicias
paseándome desnudo por tu perfume.
Quédate ahora que todo se agolpa
en una misma llaga
y no sé si tendré fuerzas
para soportarla.
¡Tú a través del tiempo
y estas impetuosas corrientes!
No me será posible, por más que lo quiera,
echarte fuera de mí.
Tu hermosura me quema tanto
que ya no es posible, ya no es suficiente
sentirla unida a la mía.
Por eso, quédate por lo que ocurra
y el frío que tengo
en esta noche que se anuncia
tan larga.
23- ¿Qué me quiere, que te quiero?
Será sólo que todo es así:
algo de vida y mucho de sueño.
Yo también estoy parado en la senda que llevo
por el camino hacia la luz y el tiempo.
24- Sobre el rumor del arroyuelo que pasa
a cada instante me pregunto:
¿Quién te puso en mi alma en el lugar que ocupas
o por qué me regalaste el cielo
y te viniste a vivir a él?
¡Oh tú! La de esencias puras
como esas tardes profundas
de melancolía y agua!
A ti que eres pequeña como la inocencia,
tierna como la brisa, color de nieve por dentro
y ahora andas por mi vida trazando caminos
para que te sueñe y sueñe,
a ti porque lo encierras todo y en ti todo acaba,
me uno
porque me abrazas
y me quieres.
25- Pero tú,
belleza inmaculada, símbolo de blancura
amada, besada, sentida, abrazada en mi mente,
¿Verdad que nunca me veré
babeando por la brisa de la tarde?
Que no lo haga para que nunca manche nada.
Eres el modelo de mis anhelos
y si te rompo ¿qué haré?
Imposible para mí alzarme y seguir viéndote
lo que ahora. No quiero olvidarlo
porque dejaría de tener vida.
26- Sé que todo queda grabado
en las blancas páginas del tiempo,
como un trozo de vida sin límites.
¡Oh tú, luz de flor! Cómo deseo
no morir nunca para quedarme eterno contigo
y todas tus cosas
con lo que me has hecho gustar
en el espíritu.
27- Tan noblemente estás
y entras por mis ojos, en este arroyo claro,
tocándote en mi corazón,
que eres pureza bañándome
y hasta me parece sueño
sobre el tiempo, en mi mente.
Eres tú
y lo sé.
28- ¡Aquella tarde
paseando por las praderas de tu bosque,
todo era tan sencillo y dulce!
Quizá ahora, me dije,
que siento mis dedos acariciar tu rostro
y mis manos rozar tu cara,
quizá ahora sí pero dime:
¿Por qué guardas silencio
y ni el tiempo se detiene
cuando hoy siento
que más allá no hay más?
Si no estás
¿Qué puede haber?