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romi
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Monedas de barro

16 de Marzo de 2014 a las 12:54

Bubok

397- MONEDAS DE BARRO    

                                            

               El invierno que ha pasado, ha sido muy lluvioso. Tanto, que el río Darro a lo largo de estos meses de invierno y primavera, ha bajado muy crecido y con mucha arena, rocas, árboles y monte. Por el camino que, desde el Puente del Aljibillo lleva a la Fuente del Avellano, se ha hundido un trozo de torrentera. Y la otra tarde, ahora ya verano muy caluroso, me dispuse recorrer este camino hasta el rincón de la fuente. Quería ver el trozo de torrentera hundido y quería ver la cueva donde vive, desde hace años, una joven extranjera.

 

               Pero justo al cruzar el Puente del Aljibillo, me tropecé con él. Un joven vestido todo de blanco, túnica azul y barbas negras que al encontrarse conmigo, mi miró, se paró, me saludó y me dijo:

- Por la Fuente del Avellano, ahora no hay agua. Han roto el grifo que hace unos años pusieron ahí y por donde la cueva de la joven extranjera, las zarzas han crecido y los caminillos están casi todos tapados por la hierba. Un gato gris y manso vive allí, como único amigo de esta muchacha. Es hermoso aquello por la libertad que transmite pero da pena y llena de tristeza las cuevas y las personas que las habitan.

- ¿Y la torrentera hundida?

- La están arreglando pero el río por aquí y con estos calores, ya ves como se encuentra.

Miró para el curso de las aguas, señaló con su mano y siguió comentando:

- Ahí hay dos muchachas sentadas al borde de la corriente jugando con sus perros, un poco más allá, han puesto un sillón en medio del río y uno toca la guitarra, aquí debajo del puente, dos jóvenes y una muchacha beben cerveza mientras miran a las aguas y en este lado del cauce, otras jóvenes toman el sol casi desnudas. Este río Darro y por aquí, ya no es lo que fue.

 

               Dejó de hablar por unos segundos y entonces aproveché para preguntarle:

- ¿Y qué fue este río Darro y cuándo?

- Por aquí mismo, por donde acabo de señalarte el espectáculo que ves, todo parecía un pequeño reino encantado, en los tiempos de los reyes de la Alhambra.  

- ¿Cómo por ejemplo?

- Dos niños, ella y él y hermanos, con frecuencia se venían a jugar a las pequeñas playas de arena que la corriente de las aguas por aquí habían labrado.

- ¿Y a qué jugaban?

- Su juego predilecto era coger pequeñas pellas de tierra mojada y hacer con ellas monedas redondas o cuadradas. Las ponían al sol para que se secaran y luego las iban guardando en una cueva chica que había al lado de la umbría de la Alhambra.

- ¿Y para qué querían ellos estas monedas de barro?

- Era su juego y por eso soñaban que un día todas estas monedas se les convirtieran en oro. Se decían mientras jugaban: “El día que estas monedas nuestras se nos conviertan en oro, seremos más ricos que todos los reyes de la Alhambra”.

 

               - ¿Y se convirtieron en oro en algún momento sus monedas de barro?

- Ellos soñaban esto y como se lo decían a las personas, un día, de la Alhambra bajaron dos guardias vestidos de negro y les robaron todas sus monedas de barro. Apenados y tristes lloraron ellos y acudieron a la madre para que les ayudara. Ésta les dijo:

- Vuestras monedas eran muy bellas pero vuestros sueños y juego son mucho más valiosos que esos trozos de barro. Por eso, no estéis tristes. Ellos se han llevado no se han llevado lo más valioso de vuestro tesoro. Así que seguí jugando por las orillas y playas de arena de este río.

 

               Y aquellos niños, por aquí continuaron con sus juegos durante mucho tiempo. Y todos los que pasaba, al verlos, decían:

- Nunca este río y por aquí ha sido antes ni lo será en el futuro más hermoso que con la presencia de estos niños, aquí y ahora, jugando sus juegos y soñando sus cosas.

Al llegar a este punto del relato, el joven de la túnica azul, quedó en silencio. Miró un momento para la Alhambra y a punto de irse, me dijo de nuevo:

- Si tú comparas lo que ahora mismo ves por las orillas y en las aguas de este río con el juego y la ilusión de aquellos niños, ¿te atreverías a decirme cual de los dos cuadros encierra más belleza y tiene más valor eterno?

No supe qué responderle. Se despidió de mí y al poco lo vi subiendo por la Cuesta del Rey Chico.

  

 

 

   
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