
- LA PIRÁMIDE DE ORO
Hoy el mundo no necesita de profetas
ni de poderosos ni de personas con dinero,
de lo que el mundo está falto hoy
es de personas sabias, libres y creativas.
I- Los dos eran muy amigos. Decían en el barrio que los niños más amigos que en aquellos tiempos había en Granada. Él tendría unos doce años y ella nueve y medio. Y a los dos, lo que más le gustaba era juntarse y organizar algunas aventuras por las partes altas del barrio del Albaicín. Por los barrancos y colina que hay frente al Generalife y el Cerro del Sol. Nadie se lo había dicho pero ellos, decían que soñaban con frecuencia, con un tesoro original en las laderas y barrancos de esta colina.
Y aquella mañana de primavera, cuando el padre del joven se fue con el ganado a las montañas de la derecha, su amiga se presentó y le dijo:
- Me gustaría ir hoy al barranco donde el otro día encontramos las puntas de cuarzo.
- ¿Y eso?
- Porque tengo la intuición de que ahí vamos a encontrar algo muy original.
- ¿En qué estás pesando?
- Tendremos que ir y buscarlo para que lo veas y sepas lo que es.
- Pues vamos ahora mismo.
Y al instante salieron de su casa, pasaron por las ruinas de algunos edificios, cruzaron por entre unas higueras en los huertos y subieron por el barranco. Antes de llegar al final, se pararon en una pequeña torrentera y a la derecha de un arroyuelo. Con un trozo corto de hierro y algo aplastado, se pusieron a remover la tierra, con la intención de encontrar puntas de cuarzo.
Y no llevaban diez minutos escarbando cuando, ante sus ojos, apareció un bonito trozo de cuarzo, en forma de punta, transparente por completo y con un tono azul violeta. Enseguida lo cogió ella, le quitó la tierra con sus dedos y comentó:
- Es el más bonito que hasta ahora hemos encontrado.
- Pues aquí hay otro un poco más pequeño.
Dijo de pronto el muchacho. Y fue a coger la transparente punta cuando, al remover la tierra para descubrirla totalmente cuando, ante sus ojos apareció lo que parecía una pirámide con una forma muy original. Dijo el joven a su amiga:
- Brilla como si fuera oro puro y está formada por láminas delgadas que se apilan dando lugar a una pirámide del tamaño de mi mano.
- Es maravillosa, cógela con cuidado no vaya a deshacerse.
Y el joven, con delicadeza y lentamente, cogió la piedra reluciente y enseguida se dio cuenta que las delgadas láminas, se separaban una de la otra. La de la base, la más grande, fue la primera en romperse y en ese momento, al quedar por completo expuesta al sol, la delgada lámina brilló con gran intensidad y mostrando el color de un ascua incandescente.
- Es oro puro.
Comentó la niña.
- Procura que no se rompan las placas y guárdala en el bolsillo junto al pecho para que nadie vea y nos quite esta joya tan bonita y valiosa.
Y fue el joven a guardarse el pequeño tesoro cuando, la voz de un hombre a solo unos metros de ellos, resonó potente diciendo:
- ¿Qué, buscando tesoros en las tierras que no son vuestras?
Rápido el muchacho escondió la piedra entre sus ropas y sin decir nada al hombre, bajaron de la torrentera, buscaron un caminillo y corrieron hacia los huertos y casas del barrio. Detrás de ellos corrió el hombre, guarda de las tierras y les decía:
- Os cogeré por mucho que corráis porque no tenéis dónde esconderos.
Desde las higueras de los huertos, los niños subieron a toda prisa por los caminillos y al llegar a las ruinas de algunas de las casas del barrio, intentaron esconderse por entre las paredes. Pero al saltar un trozo de pared caída, ante ellos apareció la figura de otro hombre que conocían muy bien. Se pararon frente a él y jadeantes le dijeron:
- Nos persigue el guarda de las montañas y nosotros no hemos robado ni hecho nada.
- No tengáis miedo porque yo os defenderé de él. Venid por aquí y me decís por qué os persigue ese guardia antipático de las montañas.
Siguieron los niños al hombre que se ofrecía salvarlos y entre las paredes que formaban como un patio pequeño, se pararon. Se volvió el hombre para ellos y les dijo:
- Para defenderos con todas las garantías tenéis que confesarme lo que realmente ha pasado.
La niña temblando de miedo y el joven con su pirámide de oro escondida entre la ropa del pecho, reflexionaron unos segundos y luego el joven dijo:
- Te lo podemos contar todo y con detalle pero antes, déjame que durante unos minutos, medite a solas algunas cosas. Tengo que pensar bien lo que vamos a decirte para que nos defiendas con todas las garantías.
- Pues escóndete detrás de aquellas paredes mientras tu amiga se queda conmigo para entretener al guardián si llega. Yo te protegeré de este hombre y lo mismo haré con esta niña.
Sin pararse más a pensar las cosas, el joven se fue hacia el lado de las paredes rotas, se ocultó tras ellas y en esos momentos, al mirar para la Alhambra, imaginó dentro de los palacios, a los príncipes y princesas. Se dijo: “Si escondo por aquí el oro que tengo conmigo y el guarda nos quiere quitar, luego podré venir a recogerlo y disfrutaremos de su valor construyendo castillos tan grandes y más hermosos que aquellos”. Y sin más, a toda prisa, sacó de su pecho la pequeña pirámide de oro, la escondió entre unas piedras cerca de las zarzas y enseguida regresó a presencia del hombre que se había ofrecido para salvarlos. En cuanto estuvo de nuevo frente le dijo:
- Ya tengo claro cómo contarte las cosas para que nos puedas defender del que nos persigue.
El que los perseguía, ya había atravesado el bosque de las higueras y por los caminillos se acercaba a las ruinas donde los niños se habían escondido. El hombre que se prestaba a defenderlos dijo al joven:
- Pues venga dime ¿Por qué razón os persigue el guarda de las montañas?
- Él sabe que nosotros buscamos tesoros por los barrancos y laderas de esos lugares y como esta mañana nos ha visto ahí, quizá piense que hemos encontrado algo valioso y quiere quitárnoslo.
- ¿Y habéis encontrado alguno de sus tesoros?
- Es lo que a nosotros nos hubiera gustado. Pero solo hemos removido un poco de tierra.
- Pues entonces, no tengáis miedo alguno que yo sabré qué decirle a este guarda malo.
Llegó el guarda a ellos en esos momentos y antes de que dijera nada, el que se había prestado para salvar a los niños, le advirtió:
- Tranquilo y ni grites ni te sofoques que estos amigos míos no te han hecho nada.
- Con mis propios ojos he visto que han encontrado un tesoro en las tierras que pertenecen a mi amo. Quiero que ahora mismo me entreguen ese tesoro porque no es como si me lo hubieran robado.
Y muy valiente y seguro de sí, el hombre que defendía a los niños se enfrentó al guarda diciendo:
- ¿De qué tesoro estás hablando? Míralos bien y verás como ellos no tienen nada en sus manos ni guardado en los bolsillos de sus ropas. Y te digo una cosa: desde hace mucho tiempo yo conozco a estos dos niños y por eso sé que son buenos y mis mejores amigos. Así que te pido que los dejes en paz y no los asuste más ni les haga daño.
- Pero el dueño de las tierras de esa colina, dejará de confiar en mí y me despedirá si yo no hago bien mi trabajo y dejo que estos niños y otros, entre por ahí como si fueran sus campos.
- Ese no es problema de estos jóvenes. Así que déjanos en paz y aléjate de aquí.
Bastante enfadado, el guarda agachó su cabeza, miró de reojo a los niños, dio media vuelta y comenzó a caminar hacia las aguas del río. Antes de alejarse mucho, volvió su cabeza para los niños y les dijo:
- Os cogeré y os quitaré el tesoro el día menos pensado.
Y el hombre que los defendía de nuevo advirtió al guarda:
- Pues cuídate mucho de hacerle daño alguno que ya sabes que son como mis pequeños hermanos.
Siguió caminando el guarda mientras ellos tres, desde las ruinas de las casas, lo observaban en silencio.
II- Por donde el padre del joven de la pirámide guardaba el rebaño de cabras, había parajes muy hermosos. Una alta montaña cubierta de monte y muchos árboles hasta la misma cumbre, un arroyo bastante gran por el que corrían aguas muy claras a lo largo de todo el año, un copioso manantial en las partes bajas de la montaña y una muy buena extensión de terreno donde crecían encinas centenarias que daban abundantes bellotas en otoño. Y era en el lado de abajo de estos bosques de encinas donde, sobre un cerrillo y tiempos atrás, habían construido un bonito edificio. En todo lo alto de este montículo donde también construyeron una gran alberca que llenaban de agua con una acequia que venía desde el arroyo. Y era por esto, por la abundancia de agua pura y fresca, por lo que todo el edificio sobre el montículo, estaba rodeado de jardines y buenas tierras de cultivo. De aquí que el lugar, en tiempos muy lejanos, había sido un espacio muy hermoso, solitario y lleno de paz y silencios.
Pero pasado el tiempo, la bonita construcción, decían algunos que propiedad de señores de la Alhambra, fue abandonada. Porque sus dueños perdieron batallas en las guerras, fueron apresados, algunos, otros heridos y varios muertos. Pero a pesar del abandono de la bonita casa sobre el cerrillo, de los campos y tierras de cultivo, por el lugar el agua de los manantiales seguía brotando y los arroyos corriendo. Precisamente lo que más le gustaba al joven de la pirámide, cada vez que recorría estos parajes cuidando a los animales. Desde la distancia, observaba el edificio sobre el montículo y al descubrirlo solitario y oculto entre la vegetación y sumido en silencio, se decía: “Nunca veo a nadie por ahí y siempre me parece que en esta casa y tierras que le rodean, hay grandes misterios que todos desconocemos. Un día, sin que lo sepa mi padre para que no me lo prohíba, tengo que acercarme ahí para descubrir y ver con mis propios ojos, lo que este edificio es y lo que encierra”.
Y unos días después del hallazgo de la pirámide de oro y el enfado del guarda de las montañas de los tesoros, cuando con su amiga jugaba por la orilla del río Darro, le dijo mientras miraba para las torres de la Alhambra:
- La solitaria casa del cerrillo entre encinas, granados y almendros, me tiene cada vez más intrigado.
Y la niña le dijo:
- Tú me has hablado tanto de ese lugar que también cada día tengo más ganas de ir a verla.
Y tres dos más tarde, una bonita mañana de primavera, el joven se fue por los campos cuidando los animales que el padre tenía a su cargo. Invitó a su pequeña amiga con la ilusión de llevarla y enseñarle el misterioso edificio del cerrillo. Siguiendo el rebaño de cabras, los dos y un pequeño perro, cruzaron los campos, atravesaron la llanura de las encinas y se acercaron al arroyo que descendía del gran cerro del monte espeso. Buscaron el manantial que brotaba frente al cerrillo del edificio y entre unos acebuches y juncos, se pararon a beber un trago de agua fresca y pura.
Brotaba el manantial justo por debajo de una roca, corría un poco y enseguida se remansaba en un pequeño charco redondo con playas de arena fina y dorada. Y como a ella le pareció tan bonito, sereno, transparente y luminoso el pequeño charco de la arena, preguntó a su amigo:
- ¿Y si por aquí nos quedáramos para siempre, junto a estas aguas, estos árboles y el silencio de los paisajes?
Y el joven confesó a su amiga:
- Lo que yo quisiera es tener un día el dinero suficiente para comprarte joyas y perlas preciosas, la casa misteriosa del cerrillo, sus jardines y huertas.
- ¡Qué bonito seria eso!
Exclamó la niña. Y en esos momentos, al mirar para la corriente del arroyo y ver la arena lavada por las aguas, a su mente acudió un pensamiento. Dijo enseguida a su amiga:
- Mis padre me han dicho muchas veces que por estos arroyos no lejos de la Alhambra, hay oro. Podemos buscar nosotros y si encontramos mucho, lo juntamos con la pirámide que tengo escondida en unas zarzas en las viejas ruinas de las zarzas, luego lo vendemos todo y con el dinero que nos den, compramos la casa que tanto te gusta y a mí me intriga sobre el cerrillo.
- Sí que podríamos hacer eso.
Contestó la joven.
Y sin pensarlo mucho, se pusieron y en la corriente del arroyo y arena que al agua lavaba, comenzaron a buscar pepitas de oro. Lo primero que hicieron fue coger algunos puñados de arena, lavarla con cuidado mientras miraban para ver si aparecía alguna piedrecita de oro. No encontraron nada durante un buen rato y como el día avanzaba y el sol calentaba, como una hora después de nuevo la pequeña dijo a su amigo:
- Hoy no hemos encontrado nada pero a trazar unos canalillos por entre estas playas de arena y dejamos que el agua pase por ahí. Volvemos otro día y a lo mejor el agua ha lavado y dejado al descubierto el oro que estamos buscando.
Le hizo caso su amigo y en la arena de las pequeñas playas, hicieron varios canalillos y encauzaron por ellos chorrillos de agua. Luego se dispusieron seguir la acequia que desde el arroyo llevaba el agua al edificio del cerrillo para ir a este lugar cuando, al mirar para el lado de la montaña, por entre una gran zarza, vieron un agujero.
- Parece la puerta de una cueva. ¿Entramos y la descubrimos?
Comentó la niña.
- ¿Y si dentro hay alimañas o algún río oculto y caudaloso?
- Puede ser peligroso pero también sería un gran descubrimiento.
- En eso tienes razón. Vamos a entrar con cuidado y descubrimos qué es lo que encierra esta cueva.
Cruzaron la corriente saltando por unas piedras, se aproximaron a las zarzas y se disponían a entrar por el agujero que en forma de puerta de cueva ofrecía el terreno, cuando oyeron las voces del padre que los llamaba.
III- Dos días después, por la mañana el joven salió de su casa, recorrió las calles del barrio dirección a la casa de su amiga y preguntó por ella. La madre le dijo:
- Se fue con unas amigas y me dijo que a las aguas del río. ¿La necesitas para algo?
- Solo quería hablar con ella un secreto.
- Pues cuando regrese se lo digo.
Pero el joven, siguió por las calles del barrio, bajó poco a poco hasta las aguas del río con el deseo de encontrarla. La vio un poco antes de llegar al río. Las amigas jugaban en las arenas de la orilla y ella, sentada en una piedra, observaba las torres de la Alhambra y parecía meditar algo. Al llegar, el joven la saludó y le dijo:
- Te estoy buscando porque hoy es un día muy bueno para realizar un plan que se me ha ocurrido.
Y algo sorprendida enseguida preguntó ella:
- ¿Qué es lo que se te ha ocurrido?
- Como hoy mi padre no me ha pedido que me vaya con los animales por los campos, he pensado que podríamos regresar a las ruinas donde el otro día escondí el tesoro que el guarda de las montañas quería quitarnos.
- ¿Es que vamos a sacar esa joya de oro del lugar donde la escondiste para traérnosla a nuestras casas?
- Si nos traemos esa joya a nuestras casas pueden descubrirnos y en cuanto nuestro amigo, el que nos defendió del guarda, se entere seguro que se enfada con nosotros al darse cuenta que lo hemos engañado.
- Entonces ¿qué piensas hacer?
- Podemos ir a las ruinas de las viejas casas, sacar la joya de oro del lugar donde la escondí y luego nos vamos a los campos de la casa sobre el cerrillo y en la cueva que, en el arroyo descubrimos aquel día, escondemos este oro nuestro para que nadie nos lo robe. Y de paso miramos a ver si en los canalillos que trazamos por entre las playitas de arena, hay alguna pepita de oro. Sería estupendo porque de este modo, lo escondemos todo en el mismo lugar y junto. ¿Qué te parece mi plan?
Y después de unos segundos en silencio, la amiga contestó:
- Que es una idea estupenda.
Al salir el sol, al día siguiente, por entre las ruinas de los edificios, iban avanzando los dos. Al frente se veía la colina de la Alhambra, con las altas torres y la gran muralla rodeando y la ladera cayendo para el río. Un poco al norte, se veían las blancas casas del Albaicín y, por entre ellas, emergiendo cipreses, higueras, pinceladas verdes de huertos y jardines y, por el azul intenso del cielo, algunas nubes blancas. Un poco al norte de ellos, entre la colina de la Alhambra y en lo hondo, se veía el bonito valle del río Darro. Se adivinaban sus aguas saltando limpias y hasta se percibía el rumor de algunas cascadas. Porque esto fue lo que ellos oyeron al aproximarse a la zarza donde el joven tenía escondida su joya de oro.
Habían saltado varios trozos de tapias derruidas y al ver la espesa zarza, el joven dijo a su compañera:
- Es como si de la espesura de esta zarza brotara el rumor de las cascadas que oímos.
Y la pequeña contestó:
- Vamos a mirar a ver qué encontramos y de paso me dices el punto exacto donde se encuentra el tesoro que por aquí dejaste.
Se aproximaron un poco más a la espesura de la zarza y, por entre los verdes tallos, descubrieron como la entrada de una cueva.
- ¿Qué será esto?
Preguntó la niña a su compañero.
- Déjame que yo entre el primero y con cuidado para ver qué hay aquí dentro.
Pasó el joven por el estrecho agujero en forma de puerta de una cueva y le dio su mano a la niña al tiempo que le decía:
- Ve con cuidado y escucha por si oímos algo extraño.
Y en cuanto recorrieron unos diez metros, al fondo y no muy lejos, vieron un brillante resplandor. Más al fondo pero también cerca, se oía el rumor de las cascadas.
Comentó el joven:
- Será que por aquí corre un río nuevo que nadie conoce.
- Puede ser eso. Avancemos un poco más y lo vemos.
Avanzaron cogidos de la mano y enseguida, ante ellos, apareció una gran cavidad toda tallada en roca caliza. La luz entraba como por una gran abertura que el río había horadado y el agua de este cauce, saltaba de poza en poza desde el lado de arriba hacia el corazón de la cueva. Asombrada dijo ella:
- Es una maravilla como nunca se ha visto por estos lugares.
- Y donde el agua se remansa cuando termina de caer desde estas pozas, fíjate qué charco más claro y azul verde. Cógete firme a mí y vamos a bajar por estas rocas en forma de escaleras hasta el borde de ese pequeño lago.
Apoyándose el uno al otro y dándose ánimo, fueron saltando las escaleras talladas en la roca, se aproximaron al charco y en la misma orilla se pararon. Cogidos de la mano miraban los reflejos del agua y los remolinos que dibujaba la corriente cuando, del lado de la luz, apareció la silueta de una pequeña ave. Volando como herida y confiada y fue a posarse sobre un trozo de roca bañada por las pequeñas olas del charco. Y justo al posarse, en las aguas se reflejó su color dorado, el negro de sus alas y cola y los destellos blancos de algunas de sus plumas. Con la boca abierta y el aliento contenido, miraban ellos y pasado unos segundos el joven comentó:
- Parece una golondrina pero no solo es bla