II- Ramitas de mirto
Oscurecía ya tanto por este rincón de Granada como junto a la Alhambra, por las cumbres de Sierra Nevada y por la Vega al poniente. Por eso las luces de colores que todos los años cuelgan en las calles y plaza de esta ciudad, comenzaron a brillar. Aparecieron guirnaldas y bombillas por la Carrera del Darro, por Plaza Nueva y Reyes Católicos, por la Gran vía y las calles cercanas a la catedral. También por las partes altas del barrio del Albaicín y por las torres y murallas de la Alhambra. Los turistas seguían llenando el Paseo de los Tristes y todos iban a sus casas por completo ajenos a los dos hombres que cerca del Puente Espinosa, estaban parados. Y más ajenos, tanto turistas como muchas otras personas de esta ciudad, estaban al pequeño que, con su saco lleno de ramos de flores transparentes, subía por el bosque hacia las torres de la Alhambra. El frío se dejaba sentir con más fuerza y también comenzaron a oírse sones de algunos villancicos, recordando que era la fiesta de Navidad.
Sentados en el muro de río, el hombre mayor y el de las ramitas de mirto, prescindían de los que por la calle pasaban y se concentraban en lo que les interesaba. El de las ramitas de mirto, habló y dijo:
- Vivo yo en una pequeña casa en este barrio del Albaicín. Allá en lo más alto y desde donde se ve con toda claridad y grandeza tanto la colina como los montes, torres y murallas que por ahí se alzan. Por eso, desde la ventana de esta humilde casa mía, desde la puerta y desde la estrecha calle que por ahí pasa, cada día al salir el sol, doy gracias al Universo y a Dios en particular, por regalarme este privilegio. Sé que soy afortunado no solo por vivir en este lugar de Granada y del mundo sino también por el sol que cada mañana me ilumina, por el aire limpio que respiro y por los colores de la nieve y del cielo que al fondo y sobre mí se extiende. Algo que muchas personas a lo largo de su vida sueñan y yo tengo sin haberlo merecido de ninguna manera.
En mi pequeña casa, donde vivo desde hace muchos años siempre solo, tengo un trozo de terreno. Y ahí sembré yo hace mucho tiempo y también mis antes pasados, algunas plantas: dos almendros, un granado, un laurel, una higuera y un ciprés. Entre estos árboles, crece una pequeña madroñera, una mata de mirto y un macasar. El mirto es un arbusto de hojas perennes en forma de lanza y ramas de color marrón. Las flores, de color blanco, crecen aisladas y, al igual que el resto de la planta, tienen un intenso aroma. Sus frutos son bayas comestibles que contribuyen, con su color gris azulado, a la belleza del arbusto.
El año pasado, cerca de la mata de mirto y del macasar, sembré cuatro matas de tomates y un día, cuando estas plantas ya estaban con sus frutos muy desarrollados y algunos hasta maduros, un vecino que me tiene manía, me arrancó de raíz estas tomateras. Acción que me llenó de pena y dejó mi corazón muy triste y lleno de sentimientos oscuros hacia esta persona que ahora para mí, ni siquiera merece ser nombrado por el nombre que tiene. Se lo dije a unas personas que conozco y enseguida me dijeron:
- Ese hombre, más rico que todos nosotros porque siempre viste las mejores ropas, come los alientos más esquistos y alardea de ser culto, es un pijo caprichoso, chulo, acomplejado y con sicología de adolecente. Es pobre en su corazón y alma y está vacío de sentimientos nobles y bellos. Tú pasa de él y no entres en su juego aunque nosotros, a partir de ahora lo vamos a llamar “Arrancatomateras”.
Y ahora, dejo este tema porque no es lo que en este momento me interesa compartir contigo. Sigo y te digo que la mata de mirto que tengo en mi trozo de tierra, cada año florece en primavera.
Cada año y por estas fechas, sus ramas y tallos, se llenan de diminutas florecillas blancas y muy olorosas. Mi casa, mi pequeño jardín y la calle estrecha y parte del barrio del Albaicín, se impregna entonces del perfume más delicioso que existe en este mundo. Del mismo perfume que gozaron los reyes de la Alhambra cuando en aquellos tiempos vivían en los palacios y ahora todavía por ahí pueden gozar los turistas que los visitan y otras personas. Y como este perfume es tan fino y único, siempre que mi mata de mirto florece, mi corazón se alegra y al mismo tiempo se pone triste. Y es porque siempre deseo compartir estas delicias con alguien y nunca puedo. Porque tienes que saber que nunca, a lo largo de mi vida, he tenido a mi lado a nadie con quien compartir los momentos, sonrisas y penas.
Por eso este año, cuando mi mata de mirto dio su gran cosecha de blancas y olorosas florecillas, me alegré más que otras veces. La cuidé mucho cada día y esperé ilusionado a que aparecieran sus frutos. Mi mata mirto dio una gran cosecha de bayas azules y olorosas y esto me alegró. Esperé a que el otoño llegara y esperé a que también se presentaran estas fiestas del año, el día de la Navidad. Que como todos sabemos, es un día hermoso, lleno de olores, luces y sentimientos entrañables en los corazones de todas las personas.
Por estos días, a todas las personas, se nos llena el corazón de recuerdos, nos entristecemos o alegramos, según lo que a lo largo de los años pasados hayamos ido viviendo y a todos, yo creo que a todas las personas de este mundo, nos invade la melancolía. Nos sentimos más desgraciados y solos que nunca y deseamos más que otros días del año, la compañía de personas. Deseamos palabras amables y alentadoras y necesitamos abrazo o besos cariñosos y buenos. La Navidad es algo tan entrañable que remueve los sentimientos más profundos de las personas y hace reflexionar sobre nuestra existencia y lo que después de esta vida nos espera.
Por esto y más cosas que ahora no tengo tiempo de contarte, a lo largo de todo el otoño, fui cuidando cada día con más cariño mi pequeña mata de mirto. Y esperaba paciente e ilusionado que llegara este día de la Navidad. Por fin ya llegó y es hoy. Así que ayer por la tarde, después de hacer un pequeño rato de oración y relajarme frente a la figura de la Alhambra, me acerqué a mi mata de mirto. Con mucho cuidado, fui cortando los tallos más verdes y sanos de este mirto mío, procurando que cada uno de estos tallos tuviera una buena cantidad de bayas azules brillantes. Junté un buen puñado de ramitas de mirto oloroso y fresco y, para que no perdieran lozanía, las puse en un jarrito de barro lleno de agua y al fresco de la noche. Porque has de saber que al mirto le gusta mucho tanto el calor del verano como el frío de las nieves y hielo del invierno y también el aire limpio.
A primera hora del día de hoy, en mi casa, cogí el ramito de tallos de mirto, caminé despacio por las calles del Albaicín y al llegar por donde los turistas y otras personas van y vienen, me fui parando antes ellas. Primero con tres jóvenes. Las saludé con respeto, le ofrecí un tallito de mirto y les dije:
- Os lo regla con mi mejor afecto. Es un tallo de oloroso mirto, la planta más hermosas y perfumada de Granada.
- ¿Y por qué nos lo regalas?
- Porque es Navidad y quiero sembrar mi granito de paz entre las personas, ofreciendo el único regalo que tengo.
- ¿Y tenemos que hacer o pagar algo a cambio de tu regalo?
- Únicamente aceptarlo y nada más.
- Pues no lo queremos porque nos parece una tontería.
Como un dardo al rojo vivo, sus palabras y actitud me hirieron el corazón. Primero porque no ser amables conmigo, a pesar de la belleza de sus caras y cuerpos y segundo, porque no caía en la cuenta ella que mi regalo era limpio y bueno y se lo ofrecía por la gran necesidad que en mí hay de amigos, una sonrisa, una palabra dulce o un abrazo. En un día como el de hoy, todos echamos en falta el calor de personas generosas y sonrisas, abrazos y besos. Y esto era y es lo que, de alguna manera, buscaba yo regalando mis ramitas de mirto. Pero tres las tres primeras personas que se lo ofrecí, solo recibí lo que ya te he dicho. Y sus posturas y palabras me dolieron tanto que hasta lloré.
Seguí caminando por el centro de Granada, Gran Vía, Plaza Bib rambla, Reyes Católicos, Plaza Nueva… cerca de la calle Elvira, a una pareja de jóvenes, le ofrecí mi segunda ramita de mirto. Frente a mí se quedaron parados, me miraron fijos y ella preguntó:
- ¿Quién eres tú y por qué regalas esto?
- Soy un enamorado de Granada, de las puestas de sol, del río Darro, de las torres de la Alhambra y de las nieves sobre las altas cumbres. A nadie tengo en este mundo y como mi soledad es mucha, pienso que hoy es un gran día para regalar a las personas que van por las calles de Granada, ramitas de mirto perfumado.
- ¿Y también eres un charlatán que buscas unas monedas haciendo esto?
- Lo que os ofrezco, es gratis y lo único que a cambio me gustaría recibir son unas simples palabras de agradecimiento y una sonrisa.
- Pues gracias por tu ramita de mirto pero quédate con ella y déjanos en paz. Estamos recorriendo las calles de estos sitios y queremos tranquilidad.
Me quedé con mi ramita de mirto y seguí caminando. Por la Plaza de la Romanilla, vi a unos niños con los ojos azules y pelo rubio que caminaban junto a sus padres y al instante, ofrecí la más lozana ramita de mirto a la niña de unos doce años, diciendo:
- Es mi regalo para vosotros y vuestros padres en este día de Navidad.
El hombre me miró y curioso me preguntó:
- ¿Esto es típico de aquí en Granada?
- Es algo que hago yo como cosa mía particular.
- ¿Y qué tenemos que darte a cambio?
- Absolutamente nada porque sería para mí un placer único que sus niños aceptaran esta ramita de mirto.
- Pues quédate con ella y guárdala sin tanto valor tiene para ti. Nosotros pertenecemos a otra categoría de personas.
Cogía en esos momentos la niña de mis manos el regalo que le había ofrecido pero el padre le dijo:
- No lo cojas ni le des las gracias.
Los dos pequeños me miraron extrañados y desconfiando de mí. Los vi alejarse hacia los pies de la torre de la catedral. Triste por el rechazo y desconfianza que iba encontrando en unos y otros, seguí caminando por las calles. Recorrí Reyes Católico, Puerta Real, la Plaza de la Fuente de las Batallas y por la calle Matías, regresé a Plaza Nueva y luego a la Carrera del Darro. Conforme me iba encontrando con las personas que por aquí paseaban, casi todas turistas, le seguía ofreciendo mi ramitas de mirto. Ni una, ni siquiera una persona, aceptó el regalo que les ofrecía. Así que ya cayendo la tarde y dando paso a las primeras sombras de la noche, subí por esta bonita calle a los pies de las torres de la Alhambra. Al llegar al puente donde tú has visto a ese niño metiendo cosas en un saco de esparto, a él también me acerqué y le ofrecí la ramita de mirto. Y, como has visto, ha sido la única persona que me la ha aceptado. Mi corazón se ha llenado de gozo y por eso ahora ya regreso a mi pequeña casa, algo más contento. Y al encontrarme aquí contigo y dejarme que te cuente la historia que ya conoces, aun más el alma se me ha esponjado. Voy a regalarte también a ti una de estas ramitas de mirto porque noto que eres buena persona y por el detalle de haberme escuchado durante un rato.
Y el hombre de las ramitas de mirto, cogió uno de estos tallos, se lo ofreció al hombre mayor que tenía frente a él y le dijo:
- Para ti como regalo de Navidad y para que el cielo esta noche y a lo largo de los días que aun tengas de vida, te bendiga. Feliz Navidad y hasta otra.
El hombre mayor tembloroso cogió la fresca ramita, se la llevó rápido a su nariz, la olió entusiasmado y en ese momento notó que el pequeño tallo verde que tenía en sus manos, olía a una esencia que desconocía por completo. Agradecido y muy confortado, antes de que se alejara el hombre del relato, le preguntó:
- ¿A qué huele esta ramita de mirto?
- A los jardines de la Alhambra, con sus aires frescos y puros y a las fuentes de aguas claras, al cielo azul que le corona y a las nieves de Sierra Nevada. Pero sobre todo, estas ramitas de mirto mío, huelen a paisajes de cielo y a esa eternidad que todos llevamos en el alma y continuamente soñamos. Y por ser una planta única en los jardines de la Alhambra y obra perfecta del Creador, divina y regalo muy origina en este día de Navidad.
De nuevo el hombre mayor agradeció el regalo de la ramita de mirto y los dos se despidieron. Por la calle Carrera del Darro, siguió subiendo el hombre de las ramitas de mirto. Durante unos segundos y mientras seguía en el muro del río, el hombre mayor lo observó. Se acordó en esos momentos del niño del saco y por eso miró también para los bosques de la umbría de la Alhambra. Las luces de las murallas y torres, llenaban de claridad toda la umbría y, desde el río y la calle, también las luces proyectaban su claridad sobre el bosque y hacia la Alhambra. Por entre esta vegetación, intentó descubrí al pequeño que momentos antes había comenzado a subir con su saco de esparto repleto de algo en apariencia invisible y maravilloso. El hombre mayor, mirando también ahora para la calle por donde, entre las personas se perdía el de la ramitas de mirto, se dijo: “Los dos van hacia un sitio que nadie ahora conoce y con algo que, al parecer, nada tiene que ver con lo que esta noche el mundo entero celebra. Y en el fondo pienso, que a nadie, absolutamente a nadie ahora mismo interesa ninguno de estos personajes”.
Caminó el hombre mayor hacia el centro de Granada y se dirigió a su casa. Solo también y por entre las cuatro personas que a estas horas aun caminaban por las calles. Todo parecía sumido en un profundo y misterioso silencio.