
LOS MELONES
Nada hay mejor en esta vida que ser dueño y poner todo el amor en aquello que se cultiva.
Cuando ya las matas de melones tenían sus frutos gordos y apunto de madurar, a media mañana y cuando el sol les daba de frente, era emocionante verlos. Sobre la pequeña ladera que caía hacia el río, por encima de las grandes higueras y a la derecha de la senda que bajaba para el arroyo. Y cuando ya los melones maduraban entre las verdes matas extendidas por la ladera, lo que más admiraba era ver a los hombres, los que labraban las tierras y cuidaban de las cosechas, caminar por entre el melonar por completo satisfechos. Como llenos de orgullo y hasta enamorados de los buenos frutos que la tierra les regalaba.
Miraban ellos hacia las torres de la Alhambra, cuando por entre el melonar hacían su trabajo y entre sí comentaban:
- Ahora les demostraremos que estas tierras son buenas para criar melones y también podremos mostrarles los frutos tan exquisitos que de aquí salen.
- Y todavía, nadie nos ha robado un solo melón como sí ha venido sucediendo cuando todo esto era propiedad del rey.
- Con lo que también les demostraremos que no es cuestión ni de dinero ni de poder. Los frutos se le consigue a la tierra con trabajo sincero, amor por lo que en la tierra nace y crece y sintiéndola como algo propio.
Y miraban a las matas de molones que por la ladera se extendían y de nuevo se sentían más orgullosos.
Los terrenos eran propiedad del rey de la Alhambra y como no estaban lejos del río Darro y miraban al sol de la mañana, todos los años los sembraban de melones. Le decía el rey a su administrador:
- Ya sabes que los frutos que más nos gustan en estos palacios, además de las uvas, higos y granadas, son los melones. Por eso quiero que esas tierras las siembres con estas plantas y de ahí saques los mejores melones que por aquí se hayan visto nunca.
Y el administrador, siguiendo las órdenes del rey, todos los años ordenaba que se sembraran melones en estos terrenos. Pero, un año detrás de otro, sucedía que ni los frutos eran de calidad y los pocos que en algunas ocasiones llegaban a madurar, nadie sabía quién, pero siempre los robaban.
De estos contratiempos se lamentaba continuamente el administrador y el rey hasta que un día, varios hombres del barrio del Albaicín, dijeron al administrador:
- Si el rey nos regala a nosotros esas tierras, seguro que sacamos de ellas los mejores frutos que se han visto nunca por aquí.
- No estoy seguro de eso pero se lo diré a su majestad.
Habló el administrador con el rey y éste le dijo que les regalara las tierras a los hombres que las pedían pero que a cambio, todos los años ellos entregaran una parte de la cosecha que de los terrenos sacaran. Les comunicó el administrador esto a los hombres y enseguida llegaron a un acuerdo. Y los hombres, aquel mismo día se pusieron a trabajar las tierras y a labrarlas con el mayor esmero. Sembraron los melones, cuando llegó el momento y los cavaron y quitaron las malas hierbas cada día y con mimo. Crecieron hermosas todas las matas de melones y cuando maduraron los frutos, comenzaron a sentirse orgullosos de su trabajo.
Los primeros y mejores frutos, en cuanto los recogieron, se los llevaron al rey de la Alhambra y al entregárselos, le dijeron:
- Majestad, para que usted, su familia y sus amigos, los saboreen y disfruten.
Y el rey, el ver los hermosos y apetitosos frutos que los hombres le entregaban, les preguntó:
- ¿Cómo lo habéis conseguido?
- Trabajando las tierras y amando las plantas como si fueran nuestras.
- ¿Y porque no os los roban por las noches?
- Porque dormimos en el melonar, por entre las plantas y porque somos amigos de todos los que por estos sitios viven.
- ¿Queréis decir que de las tierras se sacan mejores cosechas si las tierras pertenecen a los que las cultivan?
- Exactamente eso, majestad.
Quedó impresionado el rey por la sabiduría de los hombres y por los buenos melones que le entregaban. Y los hombres, al volver a sus tierras y contemplar el vigor y fuerza de sus melones iluminados por el brillante sol de la mañana, de nuevo se sentían orgullosos y decían:
- Nada hay mejor en esta vida que ser dueño y poner todo el amor en aquello que se cultiva.