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romi
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Las naranjas

21 de Noviembre de 2013 a las 9:52

Bubok

LAS NARANJAS

 

               Sus paredes estaban desconchadas, en la única ventana que tenía, la madera se había podrido y el escalón de la puerta, hasta había perdido la forma de sus bordes. También las tejas del tejado estaban llenas de musgo, muchas de estas tejas se veían rotas y la chimenea tenía tanto hollín que hasta por fuera relucía de negra.

 

               Sin embargo sus cimientos, eran recios y permanecían inalterables a pesar de tanto tiempo. Porque nadie en el valle sabía en qué momento y quienes habían construido la pequeña casa. Y se alzaba, justo al final de la llanura, a la izquierda del arroyo según se miraba al sol y sobre una pequeña ondulación del terreno, donde afloraban las rocas. Piedras duras porque eran de granito y donde, solo unos cuantos metros más abajo, se extendía el huerto. Una pequeña porción de tierra fértil que el pastor todos los años sembraba y reparaba la valla de monte para que los jabalíes y otros animales no se comieran las plantas que ahí cuidaba.

 

               Vivía en la casa un matrimonio con tres hijos ya algo grandes. Dos varones y la más pequeña, hembra. “La niña”, la llamaban como expresión de cariño por ser la menor y por la ternura que ésta siempre despertaba y repartía, tanto entre los hermanos como con los padres y amigos. Y un año, al llegar el otoño, enfermó. La cuidaron los padres todo lo que pudieron y, como no mejoraba, acudieron a un hombre mayor que vivía al lado de debajo de la llanura de las encinas, para que les aconsejaran. El hombre dijo a los sus padres:

- Vuestra hija solo sanará si le dais cada día una naranja.

Y como los padres eran pobres y ni tenían tierras ni sembrados con naranjos ni dinero para comprar esta fruta en la ciudad o pueblo más cercano, se afligieron mucho. Comentaron esto con los dos hijos mayores y ellos enseguida dijeron:

- Ahora en otoño ya maduran las naranjas de los árboles que hay por donde el gran río se aleja hacia el sol de la tarde. Podemos ir un día y cogemos de allí un saco lleno. 

Y al enterarse la niña que los hermanos estaban planeando ir a coger naranjas que no les pertenecían, le faltó tiempo para comentar:

- Esos árboles son propiedad de los reyes de la Alhambra. De ninguna manera quiero que robéis de allí naranjas para dármelas a mí.

- Pero tú estás enferma y nosotros queremos que te pongas buena.

- Si Dios quiere, de alguna manera nos ayudará y si no, lo que Él tenga en sus planes. Yo no quiero alimentarme con naranjas robadas a los reyes que gobiernan estos reinos.

 

                Y solo tres días después, cuando ya el otoño estaba muy avanzado y hacía mucho frío y la pequeña apenas tenía fuerzas, una tarde aparecieron tres hombres por allí. Venían ellos del naranjal del río con sus borriquillos cargados de naranjas camino de Granada y al pasar por delante de la casa, uno de ellos se paró. Detuvo también a su borriquillo y de los serones, cogió una buena cantidad de naranjas. Llamó a la madre de la niña enferma y le aclaró:

- Llevamos estas naranjas a los reyes de la Alhambra pero por unas cuantas menos, ellos no van a perder nada. Tómalas para ti y se las das a tu niña con la condición de que a nadie digáis nada. A ver si Dios quiere que dentro de unos días la veamos alegre y sana.

La mujer le agradeció al hombre el bonito gesto lleno de amor y generosidad y rápida peló una naranja y se la dio a su niña. Ésta se la comió con gusto y lo mismo hizo al día siguiente, por la mañana y por la tarde. Al segundo día pasaron de nuevo por allí los tres hombres de los borriquillos cargados de naranjas camino de la Alhambra y de nuevo se pararon y ofrecieron a la madre un buen puñado de estos olorosos y coloridos frutos. Se lo agradeció la mujer y lo mismo la pequeña. Y cuando por tercera vez aparecieron los hombres y regalaron más naranjas a la niña, ésta ahora, con buen ánimo y bonito color de cara, les dijo:

- Ya estoy curada de mi enfermedad y es gracias a vuestro bien comportamiento. ¿Cómo podremos pagaros, de alguna manera, lo buenos que estáis siendo conmigo y con mi familia?

Y el hombre mayor de los tres le dijo:

- Cuando la primavera llegue y juegues por estos campos cortando florecillas silvestres, de vez en cuando, mira al firmamento y acuérdate de pedirle a Dios que en su momento, nos abra las puertas del cielo y nos lleve al mejor de sus paraísos.

 

               Y la niña, en cuanto se recuperó del todo y llegó la primavera, siempre que jugaba por los campos, miraba al cielo de vez en cuando y se acordaba de los hombres de las naranjas. Ya no pasaban por allí con sus borriquillos y a ella le preocupada que los reyes de la Alhambra, los verdaderos dueños de los naranjos, los hubieran castigado por lo que los hombres habían hecho. Por eso, con más interés cada día miraba al cielo y rezaba por ellos. Y sucedió que una noche tuvo un sueño y los vio. Desde la Alhambra y por un camino como de viento y por entre las nubes, los vio subir con sus borriquillos cargados de naranjas. De los serones de esparto, las mejores y de colores más brillantes, iban cayendo y al volar por los aires, se convertían en pepitas de oro, en diamantes transparentes, en cuarzos rosados y azules y también en ramos de flores con todos los colores de la primavera por los campos.

 

Al despertar al día siguiente, enseguida dijo la niña a su madre:

- Yo creo que Dios les ha regalado a estos hombres, algo muy bueno y maravilloso.

Y la madre comentó:

- Y yo creo que ellos y sus naranjas, han sido para nosotros un regalo muy especial del cielo. El por qué han sido las cosas así sin que lo merezcamos, yo no lo sé pero ahora creo también que en la vida, a veces ocurren milagros. Quizá la inocencia del corazón, el respeto por lo bello y amor para con las personas, sea la explicación de lo que en nuestras vidas ha ocurrido.

 

   
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