
KATIA Y NADIA
Quien no tiene ilusión y esperanza,
tampoco poseerá sincera alegría y sonrisa
y sí la monotonía del vacío cada día.
Las dos eran muy hermosas. Tenían el pelo rubio, no claro ni oscuro sino dorado, casi color oro, la piel de sus caras parecía pétalos de rosas, sus labios eran delgados, con una sonrisa muy limpia y la nariz, una la tenía un poco achatada y la otra, respingona. La más pequeña, que se llamaba Nadia, era delgada y muy alegre y la mayor, con el nombre de Katia, tenía un cuerpo regordete y con frecuencia se le veía como seria y triste. Pocas veces sonreía, no hablaba mucho y en todo momento se mostraba como reservada.
Llegaron a Granada, al comienzo de los primeros días del verano y se instalaron en una bonita casa en el barrio del Albaicín. Desde donde podían ver la Alhambra al frente y las montañas de Sierra Nevada, al fondo y sobre el azul del cielo recortada. Tenía esta casa un pequeño jardín con muchas clases de flores, una fuente con agua clara, un par de naranjos, limoneros, cerezos y dos asientos de hierro forjado para acomodarse en ellos y contemplas los amaneceres de Sierra Nevada y la Alhambra y los atardeceres al fondo de la vega. La mujer de mediana edad, dueña de esta bonita casa, era hermosa, muy buena y siempre estaba pendiente de las dos niñas. No eran sus hijas pero como si lo fueran.
Las había adoptado en un país lejano porque las dos niñas eran huérfanas sin ser hermanas. Y en cuanto llegaron a Granada, como era verano y hacía mucho calor, la pequeña se enamoró de un sombrero de paja que vio a unos niños. Enseguida fue la mujer y a las dos niñas, les compró a cada una, un bonito sombrero de paja, no muy grande pero sí casi del color de su pelo con algunos tonos de la piel de sus caras. Al ponérselo por primera vez, la mujer les dijo:
- Para que el sol de España, Andalucía y Granada, no queme la fina piel de vuestras dulces caras.
Y al oír estas palabras, la niña de cuerpo delgado, sonrió largamente y luego le dio un beso a la mujer que con tanto cariño las trataba. La otra pequeña, la del cuerpo regordete, solo esbozó una sonrisa pequeña, al tiempo que llevaba sus manos a la cabeza para colocarse bien el sombrero de paja. La mujer se dio cuenta de la manifestación tan diferente en cada una de las niñas. A las dos de nuevo las animó diciendo:
- A partir de ahora, cada vez que con vuestros sombreros puestos recorráis las calles de este bonito barrio, todo por aquí será mucho más dulce y bello.
Cerca de la casa de la mujer con las dos niñas, vivía un hombre mayor. Tan mayor que casi no tenía fuerzas pero sí en su corazón, cada día parecía arderle una ilusión nueva. Y entre estas ilusiones, lo que más valoraba y con lo que alimentaba cada día su alma, era contemplar en silencio la silueta de la Alhambra, al otro lado del río y sobre su colina. Y como este hombre era muy conocido en todo el barrio y también muy querido por la mujer madre adoptiva de las niñas, al jardín de esta casa se venía con frecuencia. En los bancos de hierro, cerca de los naranjos y limoneros, se sentaba y se ponía a contemplar la Alhambra, los paisajes al fondo y los colores que cada día le ofrecían los cielos de Granada. La niña regordeta y que apenas sonreía, le empezó a llamar la atención la presencia de este hombre mayor en el jardín de la casa donde ahora vivía. Lo saludó un par de veces pero no se atrevía a sentarse a su lado ni tampoco se animaba a preguntarle nada.
Pero como veía que la otra niña, ahora compañera de ella y casi hermana, sí se acercaba a él, sonreía y le preguntaba cosas, Katia, una fresca mañana de verano, se acercó y lo saludó. Tímidamente le preguntó:
- ¿Puedo sentarme en este banco a tu lado?
- Claro que puedes y a mí me agrada mucho.
Y junto a este hombre mayor, se sentó la niña falta de sonrisas, con su sombrero de paja en la mano por si el sol le molestaba. Y nada más estar acomodada cerca del hombre, éste le preguntó:
- Te conozco desde hace poco pero cada vez que te he visto, me ha parecido que quieres decirme algo. ¿Me equivoco?
Dudó unos segundos la pequeña y luego dijo, como con miedo:
- No sé si quiero preguntarte algo pero sí te digo que me intriga mucho verte tantas veces sentado en este banco, siempre en silencio y como esperando algo. ¿De qué te sirve esto?
- Me sirve de mucho aunque no sé, si te lo explico, tú lo entenderías. ¿Te hablo de ello?
- Sí por favor. Creo que me gustará saberlo.
- Pues te lo explico ahora mismo pero luego, cuando ya me canse de contarte cosas y tú de escucharme, me gustaría oírte a ti.
- ¿Y qué es lo que te gustaría oír de mí?
- Que me digas el por qué tú no sonríes como sí lo hace Nadia. Según me dice tu madre, parece que nada te ilusiona.
- No sé si sabré decirte lo que me pides pero lo intentaré después de oírte a ti.
- Es un trato perfecto.
Y el hombre mayor, esforzándose para exponer a la niña las cosas de la forma más sencilla y clara, dijo:
- Nunca le pedí a la vida nada más que lo que en cada momento mi corazón necesitaba. Y de igual modo me comporté con las personas que conocí y estuve a su lado o ellas cerca de mí. Ahora que ya soy viejo, como con tus propios ojos pues ver, aun le pido menos cosas a la vida. Pero sí agradezco cada día, cuando me siento en este banco y miro para la Alhambra, el aire que a cada instante Dios me regala, los colores de los paisajes y el azul del cielo y los cantos de los pajarillos mientras espero.
Hizo una pausa el hombre en su exposición y la niña aprovechó para preguntarle:
- ¿Y qué es lo que esperas?
- El momento en que Dios venga para llevarme al lugar que mi corazón ha esperado y soñado a lo largo de mis días en este mundo. Porque esto quiero decirte con mucha claridad: desde pequeño, desde que todavía no sabía ni andar ni hablar, en mi corazón sentía la presencia de un ser hermoso, grande y dueño de todo cuanto nuestros ojos pueden ver y nuestra mente soñar. Y, sin que nadie me lo haya explicado nunca, siempre y aun me confirmo en ello, he tenido claro que Dios existe y nos quiere y desea lo mejor para cada persona, seres vivos o plantas.
Otra vez el hombre hizo una breve pausa en su relato y luego, mirando a los ojos muy fijamente a la niña, le confesó:
- Mi presencia en este banco y frente a la Alhambra cada día, es para orar. Para, mientras contemplo el bello cuadro que desde aquí se ve y me siento acariciado por el vientecillo y besado por el sol, dar gracias a este Dios que te he dicho y así acercarme un poquito más a Él. ¿A ti no te asombra la fina y exquisita belleza de todo lo que desde aquí se contempla?
Y al oír esta pregunta y comprobar de nuevo la pausa que en el discurso que el hombre hacía, Katia comentó:
- Desde que te veo por aquí, me asombras y me pregunto por tu presencia en este lugar. Ahora entiendo algo, pero no lo comprendo todo. Yo no sé si creo en Dios ni tampoco sé si el mundo y las personas son buenos y me quieren y respetan.
Fue este el momento en el que el hombre notó que podía preguntar a la niña. Por eso aprovechó y formuló la siguiente pregunta:
- Como parte del trato que hemos hecho hace un momento, ahora me toca a mí: ¿Qué es lo que te pasó alguna vez o te pasa ahora para que nunca sonrías ni muestres ilusión por nada?
Algo insegura, la niña dijo:
- Siendo yo todavía muy pequeña, vi a mis padres pelearse muchas veces. A mí me asustaba mucho oírlos gritar y luego marcharse cada uno por su lado. Antes de que mi padre se fuera para siempre de mi casa, también muchas veces se enfadaba conmigo y no me dejaba hacer lo que a mí me gustaba. Y esto, siempre me dejaba triste y sin ganas de nada. Ni siquiera deseos de seguir viva, tenía. De todo esto, al menos para mí, ya ha pasado mucho tiempo y ahora ni sé dónde estará ni como vivirá mi padre y mi madre. Y, en estos momentos, aunque sea muy buena y me trate bien esta mujer dueña de la casa y amiga tuya y también sea interesante la figura de la Alhambra ahí en frente, no me siento bien ni tengo ganas de nada. Quizá por esto, ni siquiera me apetezca de sonreír.
El hombre mayor, seguía con mucho interés el relato que la pequeña Katia desgranada y, cuando ésta guardó silencio durante unos segundos, la miró fijamente. Por su rosada cara de piel de melocotón, vio que rodaban algunas lágrimas. Y tanta fue la ternura que esta escena le inspiró, que su corazón se sintió conmovido. Tuvo deseos de abrazar a la pequeña y acurrucarla en su pecho para darle seguridad y que se sintiera protegida y amada. Pero se contuvo por un extraño sentimiento de respeto hacia ella. Esperó un minuto en silencio para ver si la niña deseaba o tenía necesidad de contar algo más de su vida y, a lo largo de este intervalo de tiempo, también sintió el impulso de preguntarle algunos detalles de sus padres. Pero después de una pequeña reflexión, dijo a la pequeña:
- Tengo ahora mismo una idea muy bonita en mi mente.
Como impulsada por un resorte, la niña secó las lágrimas que le caían por las mejillas, sonrió muy levemente y mirando al hombre le preguntó:
- ¿Qué idea es?
- Algo muy bello que en más de una ocasión he soñado realizar en mi vida. Y ahora, después de conocerte a ti y a tu hermana Nadia, se me ocurre que podemos realizar para distraernos un poco y luchar por una pequeña meta en la vida.
Y como impaciente, de nuevo la pequeña preguntó al hombre:
- ¿Pero qué idea es la que se te ha ocurrido?
- Mejor que explicártelo con palabras, mañana mismo nos ponemos mano a la obra y conforme vayamos realizando el proyecto que en mi mente tengo, tú y tu hermana, iréis viendo y comprobando.
- Pues lo que quieras.
Dijo sin más la pequeña. Y en aquel mismo momento, por la noche y al día siguiente, se le vio más animada que otras veces. Dijo a su compañera, hermana de madre adoptiva:
- Mi amigo es un hombre bueno y por eso yo confío en él. A veces, hasta pienso que podría ser mi padre o, al menos, así lo quisiera.
A la mañana siguiente Katia se despertó antes que otros días. Se levantó enseguida y salió a la puerta de su casa, con el deseo de ver al hombre mayor. Y para su sorpresa, lo encontró por donde menos lo esperaba. Con un sombreo muy viejo y de paja sobre su cabeza, subía desde el río Darro portando un par de piedras muy gordas. Casi no podía con ellas y por eso se paraba a descansar de vez en cuando. Rápida la niña se fue hacia él y al llegar a su lado le preguntó:
- Y esto que haces ¿qué es y para qué?
- Tú y tu hermana, ahora mismo no lo entenderíais. Si puedes, ayúdame y te lo agradeceré mucho y si luego te quedas conmigo, te mostraré algo más.
Muy dispuesta la niña, en aquel momento ayudó al anciano. Subieron las piedras hasta el trozo del terreno que servía de jardín y huerta en la puerta de su casa frente a la Alhambra y al instante llamó a la hermana. Los tres se pusieron a tomar medidas y luego a cavar cimientos, siguiendo las indicaciones que les daba el hombre mayor. Todo el día, al siguiente y al otro, estuvo el anciano sin parar, a ratos cavando y a ratos bajando al río a por más piedras. Y al quinto día, como los vecinos del barrio ya se habían dado cuenta de la actividad que el hombre tenía y de la compañía de las niñas que en ningún momento dejaban de colaborar y, además, muy ilusionadas, algunas personas comentaron:
- Desde hace unos días este hombre no es el mismo. Muestra una actividad como nunca antes y trabaja sin parar. ¿Qué será lo que se traerá entre manos?
Y otros también comentaban:
- Y lo más interesante es ver a las dos hermanas, como nunca antes, con sus sombreros de paja siempre puestos y ayudando al anciano con un cariño que despierta envidia. ¿Qué habrá hecho o les ha dicho a estas niñas para que trabajen tanto y se les vea tan alegres?
Nadie sabía responder a las preguntas que unos y otros se hacían y ni siquiera la madre adoptiva de las pequeñas. Pero ella, viendo la actividad que los tres desarrollaban y siempre en compañía, era feliz y se le veía muy conforme con el proyecto que estaban realizando. Pero, solo unas semanas del comienzo de proyecto en el jardín de la casa, una mañana temprano, ocurrió algo muy curioso. Dormían las dos hermanas en su habitación con ventanas a la Alhambra y, de pronto Katia se despertó asustada. Notó que el viento soplaba fuerte y al mirar por la ventana no vio nubes en el cielo. Pero sí, en ese momento, comprobaba que como desde el río Darro, se alzaba un remolino que levantaba por los aires el viejo sombrero de paja de su amigo el anciano. Preocupada, rápida llamó a su hermana y le dijo:
- No me gusta nada ni este viento tan de pronto y tan fuerte y menos me gusta ver el sombrero de mi amigo alzado por el aire y como si volara hacia la Alhambra. Levántate rápido y vamos corriendo a ver qué ha pasado.
No tardó nada la niña en levantarse y, sin pedir ni siquiera permiso a la madre, enseguida las dos salieron de la casa, recorrieron las calles y se dirigieron al río. Antes de llegar por donde hoy se encuentra el Puente del Aljibillo, vieron al anciano. Junto a unas piedras gordas que había sacado de las aguas, estaba recostado, mirando para la Alhambra y como si suplicara al cielo. Al verlo así las niñas enseguida le preguntaron:
- ¿Es que te has caído y te has hecho daño?
Con dificultad el anciano les dijo:
- Hijas mías, ni una cosa ni la otra. Se me para el corazón porque ya es muy viejo y por eso no puedo seguir.
- Pues nosotras te ayudamos ahora mismo. Deja estas piedras aquí y vente con nosotras a nuestra casa y te sientas en el jardín frente a la Alhambra, que es lo que tanto te gusta a ti. Hoy haremos nosotras todo el trabajo mientras tú nos miras y nos indicas lo que está bien o mal.
Y fueron las niñas a coger al anciano para que se incorporara cuando él les dijo:
- Quisiera complaceros en lo que me estáis pidiendo pero ya es tarde. Las fuerzas se me acaban y el corazón se me para y esto para mí es un gozo inmenso. Por fin ha llegado mi hora y estoy contento. Dentro de un rato, voy a encontrarme junto al Dios que siempre amé y en el mejor de todos los paraísos nunca imaginados. Pero no preocuparos ni lloréis por mí. Allá en el cielo hacia el que ahora me marcho, os estaré esperando para jugar y divertirnos juntos a lo largo de toda la eternidad.
Al oír estas palabras, la niña Katia le preguntó muy apenada:
- Pero si te vas y nos dejas ¿cómo podremos terminar la casa que estamos construyendo y tú deseas regalarnos a nosotras?
- Por eso no preocuparos. Lo haréis vosotras ayudadas por mí y de la mejor manera. Porque no me apartaré de vuestro lado en ningún momento.
Y justo con estas palabras, la boca del anciano se cerró. En ese momento su corazón dejó de latir, el aliento se le paró en los labios y sus ojos miraron por última vez para la Alhambra y el cielo azul que en ese momento la arropaba. Desorientadas las niñas pidieron ayuda a unos vecinos y otros, enseguida subieron por las calles para llamar a la madre y que acudiera también al lugar. Al poco, entre los vecinos, la madre y las dos niñas, dejaban el cuerpo del anciano en el mismo jardín de la casa. Y tal como también les había dicho poco antes de morir, las dos niñas se pusieron a cavar cerca de los cimientos de la casa que estaban construyendo. Les decía la madre:
- Mañana por la mañana, lo enterraremos aquí mismo, como él nos dijo.
Y sucedió que cuando ya llevaban más de medio metro cavado en el suelo, de pronto, apareció algo que les llamó mucho la atención: una especia de caja rectangular, toda construida en cobre que enseguida desenterraron. Ayudada por la madre, sacaron esta caja de la zanja y la abrieron. Y asombradas descubrieron que estaba por completo llena de relucientes monedas de oro. Preguntó Katia enseguida:
- ¿Y qué vamos a hacer nosotras con este gran tesoro?
Y la madre confirmó:
- Yo creo que es el premio que él os deja. Y ya tengo claro que es lo haremos con todo este oro.
Guardaron las monedas en su casa, al día siguiente dieron sepultura al anciano en el mismo lugar donde habían encontrado el gran tesoro, frente a la Alhambra y no lejos de un viejo cerezo y aquel mismo día, la madre habló con el mejor artesano de Albaicín. También habló con los mejores constructores y dos días más tarde, todos trabajaban y también Katia y Nadia, en la construcción de la casa que el anciano había proyectado. Solo una semana después, la estatua de bronce representando la imagen del anciano, ya estaba terminada. La colocaron justo encima de la tumba donde ahora ya descansaba su amigo y mirando para la Alhambra. Y al verla tan bella y elegante, sobre la cabeza de esta estatua, Katia puso su sombrero de paja y dijo:
- Para que el sol no te moleste cuando caliente ni los pajarillos vengan a importunarte y para que no te olvides de mí.
Y al ver este gesto, Nadie enseguida dijo:
- Pues mañana cambiamos tu sombrero por el mío porque yo también quiero compartirlo con él. También quiero yo que nunca se olvide de mí.
- Pues vale.
Unos meses más tarde, la bonita casa que el anciano había imaginado como regalo a las dos niñas, ya estaba terminada. A ella se fueron a vivir las dos hermanas, tal como siempre les había dicho el anciano y Katia se instaló en una gran habitación con una amplia ventana hacia la Alhambra. Y por las noches mientras dormía en la cama de esta habitación, miraba al cielo estrellado coronando a la Alhambra y a las cumbres de Sierra Nevada. Soñaba con su amigo el anciano y en estos sueños, con frecuencia veía y oía remolinos de viento que, alzándose desde el jardín de su casa, se iba hacia las torres de la Alhambra, llevándose el sombrero de paja que había sobre la cabeza de la estatua de su amigo. Por allí, su sombreo de paja, se encontraba con el de su amigo y cuando el aire los zarandeaba de un lado para otro, los dos sombreros parecía bailar danzas flamencas al tiempo que dibujaban filigranas muy bellas.
Le gustaba esto tanto a la niña que siempre que soñaba este sueño, al levantarse por la mañana al día siguiente, se le veía alegre como nunca antes. Y llena de entusiasmo, le decía a la madre y a su hermana:
- Estoy contenta porque no solo mi sombrero de paja juega con el suyo por encima de las torres de la Alhambra sino porque también hoy sé que alguien me quiso mucho en este suelo y ahora reza por mí y me espera en el cielo.
Y la hermana Nadia le decía:
- Ha sido con nosotras más bueno que nuestros padres y, además de habernos enseñado lo mejor, nos ha premiado con un gran tesoro de monedas de oro y la más bonita de las casas frente a la alhambra.
- Y lo más valioso de todo, es que ha dejado nuestros corazones llenos de esperanza diciéndonos que en algún momento nos encontraremos allá en el cielo para jugar y sonreír juntos a lo largo de toda la eternidad. Nos llevaremos nuestros sombreros y los juntaremos con el suyo porque era lo que a él tanto le gustaba.