Los hermanos de Aridor
Desde que tengo memoria, siempre he sentido que la imaginación es mi mejor refugio. Para mí, escribir no es simplemente juntar palabras, sino darles vida, dejarlas respirar y permitir que construyan mundos enteros. A veces esos mundos nacen de un pensamiento fugaz, de una pregunta sencilla, o incluso de una emoción difícil de explicar. Otras veces aparecen de los lugares más cotidianos, como un salón de clases, una caminata o una conversación breve. Lo que para otros es común, para mí siempre ha tenido la posibilidad de convertirse en una aventura.
No me considero un héroe ni alguien extraordinario. Soy alguien común, con dudas, errores y aprendizajes, pero quizá por eso me gusta tanto dar protagonismo a personajes que tampoco tienen poderes mágicos ni riquezas infinitas. Me interesa explorar cómo las personas normales enfrentan lo inesperado, cómo el miedo puede transformarse en valentía, y cómo los lazos de amistad o familia se convierten en la fuerza más grande cuando parece que todo está perdido.
Escribir ha sido, para mí, una forma de descubrirme y de conocer mejor el mundo. En cada historia dejo una parte de lo que soy: mis miedos, mis sueños, mis esperanzas. Pero también dejo una invitación para que quien lea pueda ver un reflejo de sí mismo en algún personaje, en alguna situación o en algún dilema. No busco ofrecer respuestas absolutas, sino abrir caminos de imaginación y dejar que cada lector encuentre su propio rumbo.
Me gusta pensar que la escritura es una especie de viaje compartido. Yo pongo las primeras huellas, pero es el lector quien decide hasta dónde seguirlas. Y aunque mi vida fuera del papel pueda ser sencilla, en mis relatos intento demostrar que lo extraordinario puede esconderse en lo simple y que cualquiera puede vivir una gran aventura, incluso sin darse cuenta.
Si tuviera que definir mi motivación principal, diría que escribo porque creo que todos necesitamos un recordatorio de que todavía existen la magia, la esperanza y la posibilidad de cambiar nuestro destino, aunque empecemos siendo personas comunes.